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Sólo estamos buscando al Hombre.
No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos.
No sabemos qué hacer con los otros mundos.
Un sólo mundo, el nuestro, nos es suficiente; pero no podemos aceptarlo tal y como es.
Solaris ~ Stanisłav Lem

lunes, 31 de enero de 2011

"La historia más absurda" - Alfa Centauro

  " [...] Se pueden extraer buenos hábitos y buenas enseñanzas de las religiones, incluso sin ser creyente. También se pueden extraer buenas enseñanzas de la trilogía de El Señor de los Anillos, y sin embargo saber que lo que se cuenta ahí realmente no sucedió. Si esto se toma demasiado en serio, se corre el peligro de que alguien llegue a creer de verdad que Gandalf fue un personaje histórico, que Sam, el hobbit, derrotó heroicamente a una araña gigante en la legendaria batalla de Torech Ungol durante su peregrinación anual a Módor, y acabar vendiendo estampitas conmemorando los triunfos de Sam, el hobbit, frente al reino de los artrópodos. [...]"

http://alfacentauro.info/2011/01/29/la-historia-mas-absurda-jamas-contada/


Después de insistirme mi padre y Alchemyca, he accedido a leer este artículo. ¡Madre del Dios de la Sangre! Leedlo, cojollos!

jueves, 27 de enero de 2011

Ínfima Aproximación a la Infinita Belleza

  Las curvas de tu espalda tienen la forma de un amanecer entre un mar de lino blanco. Las de tu cintura parecen, ahora, a la luz de las sombras, la noche rozada por un pétalo de sombras...
  Es el alba infernal el aura de fuego que se derrama por una melena taciturna... Que cada movimiento de esos ojos son un eón estelar, un centenar de vidas, ciento un muertes...

miércoles, 12 de enero de 2011

Capítulo Segundo: De cómo conocí a las graciosas sombras.


   Las películas me introdujeron a esa extraña sensación de contemplar lugares apartados del uso humano durante muchas vidas. Me refiero a caminar por un bosque de álamos quejumbrosos, agacharse y descubrir, apartando la hojarasca, el epitafio cruzado de la lápida de un caballero olvidado. El chirriar de una puerta que se abre a un espacio frío, quieto y que hace ya décadas o siglos que entró en la lenta espiral del decaimiento material. Mármol nublado, tapices raídos, madera gris, polvo omnipresente, libros de lomos desgastados, velas incrustadas a las tablas por una capa de abigarrada cera e ilegibles glifos y arcanos diagramas inscritos a pluma en un pesado volumen.
   Esta pasión me ha acompañado toda la vida y siempre lo hará por lo que puedo comprobar. Un hondo sobrecogimiento que me corta la respiración al visualizar sobre mi cabeza las cámaras ignotas, inabarcables e inexploradas de una necrópolis subterránea. Un lugar sellado, prácticamente inaccesible, al que nadie ha llegado en una escala de tiempo difícil de imaginar, cargado de probables historias oscuras y secretas, dolorosos recuerdos que siguieron a una sincera etapa de gloria y esplendor dorados.
   Conocí esto primero y ahora supongo que el resto es en gran medida inevitable. Ahondando en la perdida historia de esos lugares llego a la magnífica ascensión de un Imperio mundial o de un héroe implacable y absolutamente justo. Después, a la caída en desgracia de estas y más esperanzas y maravillas; la negra caída al caos y la muerte de una raza, una nación, una ciudad, una persona. El veneno que coagula y necrosa la materia viva, la oscura desaparición en el anónimo frío abisal, la sangre que cae a la roca y allí se incrusta y oscurece hasta que una antorcha casual ilumina los restos de la inevitable caída.

   Todo sigue, como una cadena de causas y consecuencias.

   Adoro absolutamente el cuarto de Níniel, por ejemplo. Y no sólo por lo material que contiene, que de por sí es razón suficiente. Lo mismo que percibo al recrear la sombría necrópolis o el chapitel de Lovecraft, lo siento cuando recuerdo ese cuarto. Más, sin embargo, amable y positivamente, por supuesto. Cada libro, cada mueble, cada artefacto y objeto rebosa un conocimiento, una cantidad de sentimientos y de recuerdos que me abruman por su peso y sinceridad. La perfección de los dibujos, la calidez de los olores y las luces, la correcta incorrección de propaganda política y posters de música. Nada es eventual en ese cuarto, desde luego que no.
   El pozo de negrura que es un monolito alienígena, la polvorosa y fría soledad que respira una nave espacial abandonada, el terror abismal que rodea a un ente ancestral y de origen cósmico, la afectada y petrificante mirada del ser de otro mundo que, como tú y como yo, lucha contra el universo por alargar su propia existencia… Podría enumerar una lista, pero para los que me conozcan lo suficiente, que serán los que finalmente leerán esto, les sobra con lo ya expuesto. La lista sería, al fin y al cabo, como leí en un buen libro, “infinita, o tan cercana al infinito que realmente no importa”.
   Todo esto representa, en conjunto, el reverso oscuro de mi estructura de gustos y sentires estéticos y, casi, existenciales. No es sorpresa, pues, para mí, verme totalmente identificado en algunos de los aspectos cruciales con coincidentes, cognados sociales ya conocidos. Por la fuerza de todos estos gustos o por la de la inercia que representan, la preferencia del negro sobre otros colores, el interés por “los pinchos”, los “collares de perro” y demás amargos tentáculos del estereotipo gótico no son en absoluto un susto. Disfruto, además, reforzando esto con simple lucha racional. ¿Por qué será peor un collar de pinchos que un una corbata, o un corsé que un polo Lacoste? No existen proposiciones racionales a las que asirse para atacar a un gótico por sus decisiones en el campo estético. Es una lucha en la que, me atrevo a sugerir, siempre saldrá perdiendo el que primero empiece.
   ¿Qué hay de los otros y de lo otro? De los góticos, me da relativamente igual. Con los pocos que conozco comparto bastantes gustos, pero no más que con aquellas personas a las que resulta imposible etiquetar. No me guío por eso a la hora de establecer comunicación con una persona, así qué cojones. Por el resto de cosas que, se supone, caracterizarían a un gótico, tampoco me importa en qué puntos coincido o dejo de coincidir. Escucho la música que me viene al punto en el momento en que quiero escucharla, ya sea Morente, Daft Punk, Within Temptation, Wagner, Radiohead o Pink Floyd. Hago las cosas que hago sin fijarme en si es propio de uno u otro estrato social, ya sea programar, ‘videojugar’, ver otra vez Pulp Fiction o comerme unas tostadas de mermelada de duraznos, canela y clavos.

   Éste es mi cáliz, decía Cristo. Éste es mi clip, digo yo. Uno de mis símbolos en estos días. Estoy transfiriendo datos para convertir mi protoencasillamiento goticista en símbolo de mis gustos, mis pensamientos, mis recuerdos, mis sentimientos y mi realidad. Sólo yo sabré desencriptar correcta y totalmente todo el significado de lo que estoy construyendo. Exportando lo que soy y lo que siento de esta manera puedo lidiar con una realidad material cada vez más cercana a mí, cada día más sincera, apologéticamente sincera. Ahora tengo razones para defender mi atuendo, mi estética, mi gusto material e ideal, antes, más allá de la libertad de expresión básica, no.

No mucho más que decir.

Éste es mi clip.

Capítulo Primero: De cómo conocí los clips.


    De entre todos los objetos de uso cotidiano sobresalen para nosotros lo que conforma la élite de los objetos. Los súperobjetos, caros y pesados, caros y ligeros, caros y feos, caros y preciosos. También los súperobjetos baratos, que resultan extraordinarios por su uso o por su estética. Para los primeros, es el coste lo que los aúna, para los segundos, apenas un convencionalismo tácito. Televisor LED, portátil, iPod, lavadora, coche, altavoz, son entidades del primer grupo. Libros, cuadros, esculturas y ojalá los discos son del segundo. Entre todos ellos dominan nuestra idea de objeto de uso cotidiano, entre los cuales encontramos la plebe, el proletariado del materialismo informal: pinzas, folios, cortaúñas, alfileres, bombillas, clips.
    Desde un punto de vista racional, físico, podría resultar obvio el desprecio o, cuando menos, dejadez que otorgamos a estos objetos. La cantidad de recursos invertida en su producción es irrisoria y, cuando no es así, lo es su precio. Su uso o, mejor dicho, la realidad psicológica de su uso se limita exclusivamente al breve lapso de existencia de ese pensamiento banal que invertimos en el “necesito un clip” -> “aquí está” -> “lo uso”. Por lo demás, la pinza, el folio o el trozo de ‘fixo’ pueden haber cumplido con su función, o seguir haciéndolo, mil millones de veces más eficientemente que la mejor versión de Windows. Comparados el proceso de producción y el coste real de un clip y un teléfono móvil, el mayor de los avances en galvanización del acero de los clips palidece de sobra.
    Pero… Sin esforzarnos realmente demasiado en coger otra perspectiva, comprobamos que esta comparación es injusta. Todos los días despreciamos una camiseta a favor de otra, un coche a favor de otro o un clip a favor de un transbordador espacial. Sin embargo, no dedicamos una sola fracción de tiempo a comparar un transbordador espacial con la Luna o el sistema económico mundial con la estructura intracelular humana. La Luna ha necesitado miles de millones de años para alcanzar el estado en que se encuentra hoy y ha requerido muchos billones de kilos de materia para ello. El peso de un transbordador espacial y el coste mecánico y químico de su producción es totalmente despreciable. La Luna podría estar compuesta de transbordadores espaciales fosilizados, pero no al revés. Supongo que no es necesario hacer lo propio con la economía mundial. Sin embargo, sí puedo apuntar al hecho de que la masa de un clip
Ahora, imaginando que asumes que la ignominia de un clip es relativa, ten en cuenta también que la energía contenida en él de forma absoluta podría destruir tu casa y probablemente tu barrio entero. Anticlips y las cosas.

    Al fin llegamos al final de la cuestión. Eres un materialista utilista empedernido y no puedes permitir que algo que no reproduce formatos rmvb o resuelva integrales de superficie cobre protagonismo y sin embargo, como humano, adoras el símbolo. Símbolo en cualquiera de sus modalidades, lo hay por doquier. Los pijos los adoran, sin ir más lejos. Regálales un iPod que no tenga grabado a láser las letras i, P, o, d; un polo de Lacoste con el perfil reptiliano cauterizado y arrancado o unas zapatillas en que el simplón icono de Nike haya sido sustituido por un cráneo necrón. No es cuestión de estética, es porque adoran lo que significan estos signos. Entre todos ellos, construyen un universo semiótico nada despreciable, absurdo y decadente pero nada despreciable.
    Mi persona y alguna otra más coincidimos en esto, en elegir este pequeño objeto y alzarlo, a sabiendas, a las alturas, por diversas e irracionales razones. Se convierte, así, un clip en un objeto de adoración, cargado de la mayor proporcionalidad y belleza estética y de los más altos valores morales, ontológicos, semióticos y existenciales.
    Quien me entienda tal vez se agache cuando, ocasionalmente, un pequeño resplandor metálico atraiga su mirada a un perdido y solitario objeto a medio camino de fosilizarse en el detritus urbano.