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Sólo estamos buscando al Hombre.
No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos.
No sabemos qué hacer con los otros mundos.
Un sólo mundo, el nuestro, nos es suficiente; pero no podemos aceptarlo tal y como es.
Solaris ~ Stanisłav Lem

sábado, 25 de septiembre de 2010

El Imperio de lo Normal

normal.
(Del lat. normālis).
1. adj. Dicho de una cosa: Que se halla en su estado natural.
2. adj. Que sirve de norma o regla.
3. adj. Dicho de una cosa: Que, por su naturaleza, forma o magnitud, se ajusta a ciertas normas fijadas de antemano.






    Salís un día normal a una calle normal de alguna de estas ciudades normales. ¿Qué veis? Gente normal. Un abuelo con su nieto, una madre con su hija, un obrero con su mono azul o un directivo con su uniforme. Todo dentro de lo normal. Pero si vemos un abuelo con un mono azul y corbata empujando el carricoche en que va un directivo con ropa de bebé, no nos parece normal... Pero claro, eso depende, porque somos, ciertamente, un poco distintos a los demás.
    Una pareja de lesbianas puede entrar, para nosotros, dentro de lo normal, pero no para el abuelo o para el directivo. Un señor con un pedazo de bandera rojinegra puede ser aceptable para el obrero y no para la madre.

    La palabra normal está dentro de una vorágine de subjetivismo y difusa terminología, pero incluso para esta palabra se pueden delimitar límites. Para entender lo normal hay que entender lo anormal, que es el origen de todo. La coherencia social, la identidad colectiva, marcan el ámbito dentro del cual tenemos que movernos, si nos salimos de ahí, somos anormales. La anormalidad es el cáncer verdadero de la sociedad. Una sociedad de asesinos y violadores puede ser estable, para ella el mal es el miembro que no comete crímenes. Las sociedades, aun cuando están al borde del colapso por culpa de una guerra o de una epidemia, necesitan de la cohesión, la unidad, a través de una identidad y la forma más fácil de demostrar que TÚ sigues esa coherencia es mediante tu aspecto y tus palabras y tus acciones. En sistemas más grandes como una ciudad acaba contando únicamente la imagen, porque el elemento con que te encuentres hoy no te reconocerá, tal vez, en lo que le queda de vida, aunque viváis en la misma ciudad.

    El diferente es el enemigo. El diferente quiere destruir la cohesión del grupo, quiere destruir todo lo que hemos construido. La paz social, la estabilidad, todo depende de que el diferente sea erradicado, se convierta a nuestros cánones o se vaya. Esto es así porque las sociedades pueden funcionar de miles o millones de formas diferentes, a muy variadas escalas, pero ante la aparición de elementos que no encajan en el sistema, el efecto es el mismo que si aparece un disidente dispuesto a bombardear la estabilidad. El que no encaja es un estorbo, es un potencial usuario de los beneficios de la sociedad y tal vez no contribuya con nada. Tal vez no quiera nada de la sociedad y contribuya como el que más, pero su capacidad de comunicarse con los demás tiende a cero. Aunque apenas nos comuniquemos con nadie, proporcionalmente, en una ciudad, el saber que hay alguien con quien no puedes comunicarte aunque quieras entorpece los procesos de estabilización de la sociedad.
    A donde quiero llegar es a que ese elemento extraño podría encajar en una sociedad conformada por el mismo tipo de elementos extraños, se crearía una normalidad desde esa extrañeza, pero ya habría dos sociedades distintas, no una. Una sociedad puede funcionar de muchísimas formas y a muchas escalas, pero no a varias a la vez. Con el tiempo, se ha ido haciendo posible la convivencia de lo normal a escala jiennense con la andaluza, con la española y la europea, por una sencilla razón, la definición de normal está convergiendo, nacional, internacional y ahora mundialmente. Los sonrientes padres, él con el cabello pulcramente recortado, la barba afeitada, musculoso y elegante; ella con la brillante melena, sin demasiado escote y algo bronceada. Los niños risueños de piel suave y ropita de moda... todos sonrientes.

    Cresta multicolor, chaqueta vaquera llena de remaches, clips, cadenas, chapas. Cinturón o riñonera o mochila atestada de adornos extravagantes y chocantes, pantalones de cuero ajustado, corsets, pulseras y collares de pinchos, maquillaje exagerado o nulo, piernas sin depilar, barbas juveniles, melenas varoniles, rapados femeninos... La lista de anormalidades, aunque sea tan solo en el aspecto estético, es bestial. Y prácticamente todas esas normalidades fueron norma en su tiempo. Que ya no normal, casi regla. ¿Qué rey medieval cortaría su melena? ¿Qué dama victoriana saldría de su hogar sin corset? Pero ahora los viejos miran con cara de asco todo esto, porque no es normal. No requiere más razones. La anormalidad, en sí, es razonamiento suficiente para odiar ese elemento extraño, porque las sociedades no se construyen alrededor de las diferencias entre sus componentes. Las sociedades se construyen alrededor de lo que les une, de la convergencia estética, política y de pensamiento. Porque, después, a la sociedad no le importa que unos cobren 800 y otros 7000, pero sí le importe que tanto unos como otros tengan los valores esteticos convergentes, así se fomenta la envidia, la promoción social, el impulso, el anhelo, pero ese es otro tema... Son las relaciones interpersonales las que sí se pueden construir alrededor de las diferencias, que es lo que separa a una persona del resto.
    Nuestro grupo, mismamente, es anormal, en la forma en que se concibe. No somos seis jóvenes que quedan para comprar botellas de ron y pillar un ciego en el ferial. Hemos construido un grupo alrededor de una circunstancia total y absolutamente atípica en gente de nuestra edad, región y tiempo. Y cada una de nuestras anormalidades nos hacen resaltar como estrellas en la noche, y eso nos gusta. A algunos nos gustaría separarnos de los normales e integrarnos en grupos anormales, integrarnos en una normalidad alternativa, freaky, heavy, gótica, la que sea. ¿No es lo mismo? Sí y no. Huir de unas reglas estéticas para adentrarnos en otras. Algunas más estrictas, otras más relativas, el caso es que siempre, siempre, entraremos dentro de un rango normal. Una enfermedad extraña, de las que afectan al 0.0001% de la población mundial, evolucionará en un paciente de una forma normal. Un grupo de diez personas totalmente aisladas del resto de la sociedad y con un lenguaje, estética y pensamiento completamente diferente, pueden relacionarse de forma proporcionalmente normal, normalidad relativa a su universo.

    Así que, ¿es cuestión de escalas? Podemos elegir entre ser góticos normales, freakys normales, anarquistas normales, españoles normales, marginados normales, hikikomoris normales... Sea como fuere, incluso los grupos más extraños y desorganizados y difusos son capaces de mirar mal al miembro extraño, que sale de lo normal.
    Existen poblados, tribus, provincias, regiones, reinos, extensiones con normalidades genéricas distintas de otras. Pero todos estos sistemas obedecen al mismo principio, al Imperio de lo Normal.

jueves, 23 de septiembre de 2010

Próximamente

    Estaba ansioso por escribir algo, pero parece que todas mis ansias se las han llevado las seis caras y media que le he dedicado esta tarde a la reunión de representantes de ciertos sindicatos minoritarios aquí mismo en Jaén (SAT, USTEA, CNT, CGT) bajo la organización 'En Lucha'. Bueno, dejando de lado el politiqueo, os dejo tan solo un repaso de lo que verá la luz en los próximos días/semanas/meses.

  -Retomaré Uroboros, empezando desde Homo Faber. Subiré algún que otro fragmento, sobre todo el primero, pero llevaré esto por nuestro amigo Microsoft (r) (tm) (c) Word (suputamadre).
  -El Imperio de lo Normal. Esto tiene que salir sí o sí, sólo que no sé cómo. Cinco minutos después de escribir puedo descubrir que todo está escrito ya o que necesitaré treinta entradas para expresarlo todo, quién sabe, pero creo que será curioso, porque terminará enlazando con la siguiente propuesta.
  -Left, Right, Left, Right, una especie de ensayo politológico que no tengo la menor idea de cómo acabará, aunque sí alguna de cómo abordar. Lo que he visto y oído hoy, además de lo que he escuchado y aprendido hace varios días con mi familia, viene a engrosar la monumental chicha socio-político-filosófica que estoy construyendo. Siento no tocar la economía, que es por donde mis ideas flaquearán y perderán toda consistencia. ¡Pero qué cojones! ¡VIVASTALIN!
  -Canto de Prometeo, del que quedan aproximadamente 10 entradas. Lo que pocos sabéis, es que mi esquema original de la historia era, exclusivamente, las entradas que me faltan por publicar, así que tengo que tener muchísimo cuidado en plantear y desarrollar el final, sobre todo porque tengo que plasmar un ideario sólido que apoye la decisión de Prometeo de hacer lo que vaya a hacer.
  -A la Luz de las Sombras. Avaron no ha desaparecido de mis planes, por supuesto que no. Teniendo en cuenta lo poco que me gusta lo que he publicado de esta historia (excepto el prólogo) y la buena acogida que habéis mostrado, creo que puedo mejorarlo mucho, esta vez empezando por donde tiene que empezar... EL PRINCIPIO. Porque ahora tengo una idea mucho más clara de la evolución de los personajes principales y la trama. Leda y Leander, tal como los he presentado, son caca comparados con lo que serán y comparados con otros personajes más... chichosos.

    Por ahora, mi orden de prioridad es, precisamente, de ALDS a HF. Cuántas horas perderé en esto, válganme Cthulhu y Nyarlathotep.

sábado, 11 de septiembre de 2010

Canto de Prometeo [Secunda] - XX

Fin del Capítulo 2

    En su mente, sonaba The End, de The Doors, mientras un autobús procedente de Madrid llegaba a la estación. 'Muerte desde la carretera', creyó haber leído en un costado del mastodonte. Apocalipse Now fue una gran película, es una gran película, será un gran película, fue lo siguiente que pensó. Recorrió mentalmente las más memorables escenas hasta que un gesto del joven le hizo levantarse. Cogió el café y la tostada y se volvió a sentar a la mesa. Miró a su alrededor. Estaba solo. Al menos, a efectos prácticos. Sonrió y empezó a sorber el ardiente brebaje. Una pareja de ancianos al fondo, tres jóvenes y otro anciano dispersos por el resto de la cafetería y él mismo. Ocho balas para ocho cráneos, si a alguien le interesara perpetrar un acto terrorista en aquel momento. A esas horas de la mañana no había terorrismo, terminó asegurándose a sí mismo. Había desayunado allí en cuanto llegó el autobús, de madrugada. No se reprimió, pues, el desayunar allí la mañana siguiente. Le gustaba aquel lugar. La forma en que las columnas se elevaban, las cristaleras que permitían ver la entrada y salida de los autobuses y una porción cada vez más clara de cielo, todo le parecía elegante. Elegante... Cada día tenía en mente una definición diferente de elegante... La tos le arrebató toda posibilidad de seguir disfrutando del juego de luces y sensaciones que le ofrecía esa vulgar cafetería de estación de autobuses. Las mismas palabras volvieron a resonar en su cabeza, y el tiempo, el tiempo, el tiempo, el tiempo, se acababa.
    Era un buen lugar, pero debía irse de allí si quería avanzar. En esa ciudad había aprendido a crecer. En el día que había permanecido allí varias ideas dieron a luz en su cabeza, pero nada merecedor de la tarea que estaba llevando a cabo.
    En cuanto terminó de desayunar compró otro billete. Volvió al hotel para recoger sus maletas y se subió al autobús casi veinte minutos antes de que saliera.
    La cuestión era muy simple. Tenía en sus manos un descubrimiento, un invento, un artefacto, que fuera de toda duda arrancaría a la Humanidad de la miseria en que se encontraba sumida. Luis y él habían sido pesimistas respecto a la máquina. Ahora bien, en su interior, más en forma de creencia religiosa o presentimiento ciego que simple duda, él sabía o creía saber que la Humanidad no merecía ese regalo. Tenía poco tiempo para decidir si destruir el artefacto y todos los discos duros o dejarlos ante la puerta de la ONU y llamar al timbre.

Canto de Prometeo [Secunda] - XIX

    Reía y lloraba como un colegial. Luis le dio un fuerte abrazo y Alberto le apretó el hombro con una gran sonrisa en el rostro. No había sido un éxito. Había sido el inicio de una revolución. Pronto podría reinar un nuevo paradigma bajo el cual la humanidad no sería ni por asomo la que había sido hasta entonces. Apenas comenzaba a abrirse ante él el abanico de posibilidades que aquello proporcionaba. Prácticamente todas terriblemente positivas. Una verdadera revolución, tan significativa o más que la revolución industrial, el descubrimiento del fuego o la invención de la polvora. Al menos a efectos prácticos. Y aun así, reunidos sólo los tres en su pequeño piso, celebrándolo tan discretamente, sabiendo seguro el prototipo en la habitación contigua y conociendo la lealtad y la ignorancia de los miembros del equipo desarrollador, existía la oportunidad de dar a conocer el proyecto al mismísimo día siguiente a la luz de la civilización. Habían convenido, sin embargo, hacerlo cinco días después, llegado el lunes.
    Sin embargo, cuando faltaban aún cuatro días, él comenzó a ver esa discreción e ignorancia como la oportunidad de hacer un sacrificio en el templo del caos, la malevolencia y el desprecio. Dudaba que pudiera pasar, pero la posibilidad le torturaba. Pensó en dejar un diario escrito en lugar seguro, subir todos los ficheros a Internet o incluso filtrar la noticia antes de que la traición ensombreciera el descubrimiento. Se había equivocado, en parte, respecto a estas dudas.

    -Es sólo cuestión de tiempo -susurró con la voz áspera y sibilante que ahora había empezado a odiar-. Es sólo cuestión de tiempo -se repitió, ahogando un gemido al levantarse del sillón y acercarse al sobre abierto. Lo metió en un cubo metálico y le prendió fuego. Con el rancio olor a humo de los resultados de los análisis en llamas, le llegó una nítida imagen mental de la podredumbre extendiéndose por su interior, tendiendo tentáculos a lo largo y ancho de su cuerpo en agonía continua.
    Faltaban tres días.
    No se molestó en bajar las persianas, apagar la luz del baño o hacer la cama. Luis consiguió encontrar la llave que le había dado para casos de emergencia. Su sorpresa dio paso a la frustración, la preocupación y la rabia cuando comprobó que el prototipo había desaparecido. Nadie echó en falta, en cambio, el dibujo a lápiz de un árbol viejo y retorcido.

Canto de Prometeo [Secunda] - XVIII

    Los años se habían acumulado exactamente de la misma forma en que se acumulaban los meses, los días y las horas. Para él no existía diferencia. En realidad, sí existía una diferencia clara entre las diferentes horas del día, pues este era el marco en que trabajaba su rutina, en que sus costumbres regulaban su existencia. Por lo demás, todos los días eran semejantes entre sí. El número de años pasados desde el comienzo no significaba nada para él, un número, nada más. Acabó aceptando que ese número era tan inútil, en realidad, como los resultados y datos que estaba aportando últimamente. Tan acertados, tan magníficos, tan significantes y tan vacuos. La aplicación práctica estaba cada día más cercana, así se lo hizo creer a Luis el día en que, por sorpresa, éste le confesó que había conformado un grupo independiente de expertos que comenzarían el desarrollo de un prototipo para finales de año.
    En efecto, no había empezado a esbozarse el artefacto cuando encontró un verdadero tope en el desarrollo de los fundamentos teóricos. A partir de ese punto, sólo quedaban miles y miles de horas de optimización de centenares de factores y parámetros. Sin perder un solo segundo en considerar la idea, le comunicó a Luis que estaría fuera hasta que el prototipo estuviera listo.

    -Sí, me preocupaba especialmente la retroalimentación. ¿Seguro que está bien?
    -Completamente. O bueno, eso me dicen. Me fiaré de ellos, ¿no? -replicó la voz distorsionada de Luis a través del auricular del móvil-. Me ha costado mucho, realmente mucho, convencer a ciertas personas de que tú llevarías a tu cargo, en exclusiva, el trabajo de testear la máquina y probar si cumple con todos los requisitos y...
    -Sí, sí, sí, muchas gracias. De verdad que no sé cómo... -comenzó a decir él. Se tapó la boca para evitar que el acceso de tos llegara al otro lado de la línea-. Cómo agradecértelo.
    -Sí, bueno. Mira, tengo mucha prisa. El caso es que tienes que cogerlo tú mismo. Prefieren que caiga toda la responsabilidad sobre ti, desde el laboratorio hasta tu casa.
    -Qué agradable.
    Cuando colgó se sentía como si hubiese hablado durante horas. Apenas unos minutos, en realidad. Tal vez fuese la emoción, no lo sabía. Fue a tomar un vaso de agua antes de salir de la habitación para comunicar su salida del hotel en menos de veinticuatro horas. Sólo cuando volvió al baño advirtió las pequeñas manchas de sangre en la superficie del cristal. La misma sangre que le miraba desde las perlas escarlatas de su mano.

Canto de Prometeo [Secunda] - XVII

    La misma cafetería, el mismo día del mismo mes, no el mismo año. Los mechones oscuros de Luis se habían convertido en una fina melena gris. La suya propia había transmutado en una caótica masa entrecana. El café no estaba tan bueno.
    -¿Pero qué importancia tiene esto? -preguntó dejando la carpeta sobre la mesa y recogiendo el cigarro del cenicero-. Quiero decir, joder, es un ejercicio que te propusiste a ti mismo cuando no habías terminado la carrera aún. ¿Qué sentido tiene darle más vueltas? ¿Te ha vuelto a visitar en sueños como esa vez?
    -No, no me ha visitado otra vez, aunque visitar no es la palabra.
    -¿Hace cuánto, me has dicho?
    -Una semana -Luis asintió-. A ver -continuó tras una pausa de café y tostada-. La cosa está en que no tengo la menor idea de la importancia que puede tener, porque aún no lo he terminado. Lo importante no es cómo empezó, ha ido evolucionando poco a poco, eso es lo importante, en lo que se ha convertido ahora.
    -Pero me has dicho que eran solo unas cincuenta páginas. Eso no es nada, ¿no? -Luis bajó la mirada de nuevo a la carpeta que guardaba los pocos folios en que se había sintetizado los puntos más importantes del proyecto.
    -No, por supuesto que no es nada, por eso he estado esta semana trabajando.
    -¿Cuánto de lo que he leído viene del trabajo de esta semana?
    -Prácticamente todo.
    Luis se rascó la barba perfectamente afeitada, dio una última calada y aplastó con fuerza la colilla contra la cerámica.
    -Por mí perfecto. Pero sigue siendo muy poco. Si sigues así, llámame, digamos, el lunes catorce, ¿te viene bien? Genial. Veré lo que puedo hacer.

    Su ritmo de trabajo fue cada día más duro, se enfrascó en los detalles del proyecto como nunca antes había hecho por nada. La rutina básica seguía, impertubable, su curso, pero las muchísimas horas que le sobraban y se acumulaban por doquier las invertía con todas las energías disponibles al mismo y maravilloso fin.
    Las llamadas de Luis le permitieron afianzar su confianza. Pronto necesitaron recurrir al todopoderoso correo electrónico, por donde podía transmitirle las cada vez más grandes cantidades de datos que generaban sus programas. Para esas mismas fechas un año después ya estaba plenamente convencido de que el objetivo principal del proyecto sería resultado inevitable de todas las exploraciones. Sólo pasados dos años Luis advirtió el verdadero potencial de los teoremas y de los resultados. Más allá de todo pragmatismo, de las políticas de empresa o de la optimización de los productos, el asunto que estaban manejando comportaba, con mucho, cambios más drásticos de los ninguno de sus compañeros imaginaba.

Canto de Prometeo [Secunda] - XVI

    Abrió los ojos. La poca luz que entraba de fuera le descubría las acostumbradas siluetas de las cosas. Por un momento, pensó que estaba más habituado a ver esa habitación a altas horas de la noche, a oscuras, que en pleno día. Siempre desde la cama, siempre después de soñar con ella, se detenía a mirar cada objeto que aún podía distinguirse. Uno le atrajo sobre todos los que veía. El cuadro. No era realmente un cuadro, no estaba hecho sobre lienzo ni con pinturas, pero para él siempre sería 'El cuadro'. Sobre poco más que una hoja grande, con lápices de diferente dureza, Clío había dibujado un árbol agarrotado, de ramas encrespadas y rebosantes de dinamismo.

    -¿Qué significa para ti?
    -La vida, supongo. El árbol de la vida, sí.
    Ella asintió en silencio y siguió añadiendo sombras alargadas y espesas, anchas y brumosas, en los recovecos del tronco y las laberínticas raíces.
    -Pero lo que importa es lo que signifique para ti, ¿no? -inquirió él.
    -Es la evolución -contestó después de un nuevo silencio-. La superación, el aprendizaje. La aceptación, tal vez. La curación, quizás.
    -Entiendo.
    -No, cariño, no lo entiendes. Por eso sí que me importa lo que signifique para ti -contestó ella inmediatamente, mirándolo a los ojos-. Porque espero que jamás llegues a comprender lo que significa para mí, por tu bien.
    Pese al extraño momento de la mañana, el resto del día evolucionó de forma normal, con las mismas risas y charlas y acciones que cada día, los mismos sueños, las mismas pesadillas.

   Notó el corazón a la altura de la garganta, una sacudida bestial le hizo crujir la espalda. Por un solo segundo, supuso que era un efecto óptico. Frente al cuadro, el inconfundible cuerpo de Clío, la misma piel, el mismo camisón, la misma cicatriz. La mirada puesta sobre el árbol y después sobre su rostro.
    -¿Lo entiendes ahora? -preguntó ella.
    Intentó moverse, intentó hablar, pero apenas podía respirar, apenas consiguió reunir la fuerza para incorporarse y buscarle una explicación racional a aquella alucinación.
    -Esto es lo que veo allí.
    Sus ojos negros, vidriosos, su melena negra. Era ella, indudablemente.
    -¿Dónde? -consiguió articular en un gemido ronco.
    -Al final del páramo -contestó ella, que se volvió y se acercó con pasos extremadamente lentos y meditados al escritorio. Alzó una mano hacia el ordenado montón de folios. El problema.
    -Éste es tu árbol, cariño -fijó su mirada cálida en él de nuevo-. Yo terminé mi árbol, pero nunca pude verlo. Tal vez contigo sea diferente -esbozó una leve sonrisa-. Termínalo.

Canto de Prometeo [Secunda] - XV

    Desde el quicio de la puerta observaba los gestos de Clío. La entrenada precisión con que trazaba las líneas le fascinaba. La elegancia con que se pintaba los labios, perfilaba los ojos o preparaba el pelo le parecía sencillamente sublime. Cuando terminó salieron al encuentro de la noche helada y sus fulgurantes rugidos de alegría y toda la cohorte de luces rojas y blancas y anaranjadas.
    En algún momento de la noche, se alejaron del grupo para descansar de las horas de movimiento y ruido al abrigo de un amplio portal. Allí accedió ella a contarle el origen de la cicatriz que surcaba su antebrazo izquierdo. Él lo comprendió al principio. Sin embargo, aun hincando su mirada en el techo de la habitación desde la cama de matrimonio hoyada únicamente por su cuerpo, rememorando el momento, no acababa de asimilar la información, de asumirla, de aceptarla.

    -Existía una gran distancia entre ese momento y lo que yo quería conseguir. Bueno -susurró ella-, lo que aún quiero conseguir, en realidad. Una distancia que se hace más grande cuanto más ando. Si echo a correr, el páramo que hay allí crece más y más.
    Sus palabras se ahogaron en un leve gemido. Él calló e intentó ocultar su mirada.
    -Ey -le llamó ella, cogiéndole de la barbilla y besándole levemente los labios-, ¿qué pasa? Estoy acostumbrada, me hecho a la idea y lo llevo muy bien. De verdad -le dijeron sus ojos negros.
    Ella le dio un abrazo, el más cálido que más tarde podría recordar y después él salió a tomar el aire al balcón. Tan pronto la oyó salir del salón las lágrimas acudieron. Le dolió el llorar, le dolió el ocultárselo a su mirada inquisitiva, pero lo dolió más cuando, varias horas más tarde, desnudos bajo una sábana, sus dedos repasaban con suavidad la larga cicatriz.

Canto de Prometeo [Secunda] - XIV

    -El tiempo lo cura todo... Nunca me ha gustado esa frase. Qué gran mentira.
    No sabía qué decir. Suponía que le sería complicado decir nada, así que continuó tranquilamente.
    -La interpretación correcta es que tenemos tiempo para curarlo todo. Y, si lo conseguimos, cualquiera diría que era cuestión de tiempo. No hay decisión, no hay esfuerzo. La única decisión es dejar que todo pase, el único esfuerzo es no oponerse. Pues, joder, ojalá fuese así.
    -Lo siento -se disculpó-. Joder, no quería que te lo tomases tan mal.
    -Tranquilo, Luis, no te preocupes. No tengo un buen día, supongo -entrecerró los ojos un momento-. Mira, ahí hay una mesa libre.
    Un día gris. Nubes que eran jirones de materia oscura, o eso le parecía. Viento frío que le traía el olor de la humedad. Cruzaron la avenida y se sentaron a la mesa para desayunar algo.
    -He tenido tiempo para pensar, desde luego.
    -Te escucho.
    -Aún no he sacado nada en claro. Ya no tengo la sensación de que vaya a aparecer en cualquier momento, a la vuelta de la esquina cargada de bolsas de la compra, o en el salón sonriendo desde detrás de un libro -en ese momento, sintió curioso que le doliera más recurrir al estilo literario que imaginarla, realmente ella, en esas situaciones.
    Silencio. Nunca había sentido un silencio incómodo con Luis. Cada minuto era una especie de aprendizaje, de compenetración no forzada. Se acomodó en la silla de madera, terminó el café y observó a la gente subir y bajar las aceras grises.

    Al principio, había estado buscando un lugar en que retirarse a pensar para dejar de pensar. Concentrado en cuestiones muy concretas e intrascendentes, entre estantes y columnas y lámparas dejaba de recorrer los "senderos tortuosos". La biblioteca tenía tres niveles, prácticamente iguales. Se encontraba en el segundo, por la curiosa circunstancia de que los estudiantes preferían el primer y tercer piso. Las columnas, las estanterías cuajadas de libros, las larguísimas cortinas que no ocultaban ya el cielo tormentoso, todo era verticalidad. En aquel lugar lo olvidaba todo y podía concentrar sus fuerzas en resolver cuestiones técnicas y ampliar conocimientos. Dibujaba, también. Pasaba casi una hora al día llenando folios de dibujos al azar, trazos caóticos u objetos que le habían llamado la atención.
    Un día, se descubrió desarrollando "el problema" sobre una de las mesas de la biblioteca. Ya no eran dos folios, por supuesto. Asumió que algo podía hacerse para allanar un poco el camino en la búsqueda de algún tipo de solución, así que a los dos folios se fueron añadiendo más hasta conformar un pequeño taco medio centenar.

    Sentados en un banco de piedra maciza en un parque de árboles viejos y abigarrados, haciendo tiempo, poniéndose el día mutuamente y contemplando a los pájaros hacer en el suelo y en las ramas su propia vida independiente de las guerras y de los líderes mundiales y de la inútil filosofía humana.
    -¿A qué te refieres?
    -Pues eso, que si estás bien -insistió Sonia.
    -Sí, ¿por qué? -preguntó, sonriendo.
    Un breve silencio, que se hizo incómodo tan pronto como él se dio cuenta de lo que pasaba.
    -Me alegro, me alegro mucho, de verdad. Si estás bien, eso es lo que importa, ¿no? El que estés seguro...
    -Sí, créeme, estoy bien.
    Siguieron hablando hasta que los demás se unieron y decidieron encerrarse en algún sitio.

    Fue en el preciso momento en que colgaba la chaqueta en el perchero y no antes o después cuando consiguió asumir que era cuando le preguntaban sobre ella cuando más le dolía su ausencia. Entretanto, su vida cotidiana iba adquiriendo más y más significado. La lista de la compra, el hacer la cama, cenar, eran ahora actos despojados del perfume de Clío o del nihilismo del que pierde sus enlaces con la vida real. Suspiró y decidió salir de viaje en cuanto se le ofreciera la oportunidad para celebrar en silencio aquel logro. Dedicó unos segundos a considerar el problema, al que últimamente le había dedicado tantas horas. De repente, lo consideró un pasatiempo árido y absurdo, por lo que no volvió a pensar en aquel taco de folios hasta varios meses después de volver del viaje.

Canto de Prometeo [Secunda] - XIII

    Sintió el dolor concentrándose en algún punto tras los ojos. No podía llorar. Hacía tiempo que no lloraba. Simplemente, se retorcía sobre la sábana como alcanzado por un proyectil invisible.Cuando se encontró en la frontera entre el sueño y el cansancio, se incorporó, giró la almohada y se sentó apoyando la espalda en la pared. Allí, en esa posición y a oscuros, siguió ofreciéndose víctima sacrificial a la nostalgia, al agudo dolor de los recuerdos sanguinolentos. No sabía muy bien por qué el recuerdo de aquella sesión de rol se le aparecía una y otra vez, como una clave, como el eco de una frase que no llegaba a entender del todo. No debía haber ido al cementerio, pensó y se repitió, con la misma fuerza con que se confirmó a sí mismo que había sido un error aún mayor no haber posado su mirada en aquella lápida.

    -¿De dónde viene ese nombre?
    -No recuerdo muy bien de dónde. Simplemente, me vino a la cabeza y me convenció cómo sonaba -contestó él.
    -¿Y tú? -le preguntó a ella- ¿No tienes nombre?
    -Emmm...
    -Nombre épico, quiero decir. Karmele la Matadora de Dragones o algo así.
    Ella rió la idea y pronunció la palabra a continuación, con total seguridad- Clío.
    -¿Como el coche?
    -No, es algo además del coche -intervino él.
    -Claro, es una musa. De la Historia.
    -Me gusta, entonces, me gusta.

    Clío. Nombre épico. El solo pensar en su verdadero nombre le invocó la imagen de un vacío tan vasto, tan inabarcable y brutal que se le congeló el alma. Se levantó de la cama y comenzó a dar vueltas por la habitación, primero. Hastiado de las siluetas de sus muebles y de sus posters, los mismos que asociaba irremediablemente a ella, salió al pasillo y deambuló entre las sombras del sofá, del zapatero, de la mesa de la cocina y de la cortina de la ducha. Sentía la angustia arrebatándole el aliento, encogiendo su estómago y agrietando sus pulmones. Echó a correr hacia el baño, donde permaneció tirado en el suelo varios minutos después de vomitar.

    El gusto ácido no había desaparecido de su paladar cuando se encontró, bajo la enferma luz de los fluorescentes, revolviendo la montaña de libros, revistas y folios del escritorio. No consideraba aquello forma alguna de terapia o siquiera una forma simbólica de comenzar a reconstruir su vida. Simplemente, el desorden de esa sagrada superficie se añadía a la fuerza con que la angustia horadaba su ánimo. Puso a un lado los libros de filosofía, a otro los de ciencia ficción. Por otro lado iban los de poesía, los de ciencia, los de narrativa general y finalmente los documentos que de cuando en cuando le recordaban sus obligaciones académicas. Apiló los libros, guardó los documentos y ordenó las pilas de ejercicios resueltos, de apuntes y de folios repletos de la misma escritura caótica. Entre algunas hojas descarriadas del tercer tema de lógica y un panfleto comunista encontró un par de folios que apartó de todo el resto. Siguió ordenando los legajos hasta que solo quedaron sobre la mesa los dos folios.
    Los miró primero por encima, intentando discernir en qué montón tendría que introducirlos. Eran inclasificables. Tenían fórmulas utilizadas en varias asignaturas distintas, métodos y símbolos de materias diferentes. Pronto no le importó dónde guardarlos, se sentó ante ellos y escudriñó los trazos de tinta negra. Reconoció el ejercicio que se propuso a sí mismo, la inspiración que le movió a crearse un problema cada vez más complejo y grande. Le pareció un problema curioso; absurdo, pero curioso. Estirando sus brazos cansados, apagó la luz y volvió a acostarse sin preocuparse por guardar los dos únicos obstáculos al completo orden de su escritorio. Tan pronto como el pensamiento racional empezó a ceder espacio a las imágenes involuntarias y erráticas del fin de la conciencia, una pequeña idea brotó en su cabeza. Era, con todo, algo tan absurdo que le hizo sonreir, pero se le ocurrió que el problema se podía complicar un poco más si le añadía, o implementaba, algunos factores más de otras ramas de la física. Se acostó con la total seguridad de que ahora el problema era francamente irresoluble.
    Cuando, después de que los alaridos de los tenderos lo despertasen, mientras desayunaba en el salón, la sombra de la más irracional de las esperanzas le provocó un escalofrío.

viernes, 10 de septiembre de 2010

Nostalgia

nostalgia.

(Del gr. νόστος, regreso, y -algia).
1. f. Pena de verse ausente de la patria o de los deudos o amigos.
2. f. Tristeza melancólica originada por el recuerdo de una dicha perdida.


Esta entrada, abiertamente, la dedico a mis padres, que me iniciaron en los viajes a medianoche por el palacio de la memoria; a Marina, que con sus manos y sus ojos ha construído y destruido tantas partes de mí mismo; a Lina, sin cuya inteligencia y sentimientos no podría haber dado ni un solo paso hacia la persona que soy; a Guille, que imbuye de la más sentida elegancia a cada palabra y acción; a Elvira, cuyo idealismo y pureza representan en sí el núcleo de mis esperanzas; a Álex y su consciente devanar de las cosas internas y externas y toda el profundo análisis pragmático y toda la insondable sensibilidad tan bien escondida; a Rebeca, con su sincero afecto y su entrega; a Lorena y su sinapsis contínua y tanteante; a Iñaki y la vida con que inunda a los que rodean; a Jonamón y su capacidad de llegar a lo más hondo de cada uno y arrancarte la más sincera de las sonrisas y la más brillante de las lágrimas de felicidad; a Jonathan y su meditabundo devenir consciente; a Dante y su sonrisa apática, su cinismo descarado, su vagar entre las sombras del nihilismo y la luminosidad de la euforia. Y, por supuesto, a muchos más de los que puedo citar. No olvido a Jaime, a Mario, a Stefi, a todos mis familiares sin excepción y, como digo, más de los que me atrevo a citar.

Especial mención para los integrantes de la Escuela de Bohemia (presentes y futuros), porque me han hecho revivir los miembros y me han hecho encontrarme conmigo mismo como jamás he podido soñar con hacer.

Verás, estos últimos días he aprendido mucho, muchísimo. Sobre mí, sobre Marina, sobre otras personas... He rascado con un alfiler la cáscara de un huevo y me he encontrado casi incapaz de asimilar toda la información que he descubierto, podría decir. Y aquí estoy, escribiendo esto, porque todo lo que he aprendido me ha puesto de frente, de nuevo, a las puertas del palacio de la memoria. Me he adentrado en él y he redescubierto recuerdos que han abierto heridas en mí y que me han llevado del placer y la agonía. Pero no me toméis en serio. Todos estos devaneos solo tienen efecto sobre una parte de mí muy profunda, semioculta. El cómo me vaya el día no se ve afectado por cómo recorro estos recuerdos pero, a largo plazo, estos recuerdos y los sentimientos asociados se van sumando a la caótica masa a la que se hacía referencia cuando alguien afirmó "Yo soy yo y mis circunstancias".
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Este recuerdo tiene un olor característico, único. Luz amarilla que se incrusta en el gotelé y el zapatero y el mármol de las escaleras. Soñoliento, me restriego los ojos y cierro las maletas. Nos vamos de viaje. Siempre la misma sensación. Ya desayunaremos por el camino. Papá abre la puerta de la cochera. Suena distinto estas mañanas. Bajamos todo al coche. Todas las luces apagadas, todas las ventanas cerradas, todas las persianas bajadas. Apenas ha amanecido. Me duermo quizás incluso antes de que salga el sol. No importa, porque la sensación ya está incrustada, alguien ha practicado Origen en mi cerebro y, cuando Elisa me confirma la situación y ya comienzo a explorar el árbol de consecuencias, lo primero que echo en falta es esa sensación. En mi interior, me duele el saber que jamás se volverá a repetir. No volverán a salir las mismas cuatro personas de esas calles grises, al amparo del cielo oscuro, con destino incierto. Lloro, por supuesto, pero porque mi hermana llora.

Nueve del nueve del cero siete. 9/9/07, noveno día, domingo, del noveno mes, septiembre, del duomilésimo séptimo año después de Cristo según el Calendario Gregoriano. Inicio del fin, fin del inicio, qué importa:
Lenta, suavemente, cae la tarde, como cae el verano, difuminándose como a través de una cortina de lino. Entramos en la tetería, Al Amir, creo que se llama, en la zona de San Ildefonso; no os dejéis confundir por la de arriba, no, la de abajo siempre será mejor. Ella, según parece, no sabe nada, eso lo averigüé después. Me descubro rodeado de sombras, teñidas a penas del firme y levísimo amarillo bajo cuya penumbra aprendo a distinguir los rasgos de Marina. Su pelo, sus ojos, sus mejillas. Su piel no tiene aquí color, sino textura. Su camisa azul tiene la textura del viento duro de la tarde, sí, joder, creedme. Y comienza todo. Es una sensación que percibí en el momento, un orgasmo cósmico, solo eso y nada más. Pero lo fue todo. No me tembló el pulso cuando me confesé, simplemente, me tembló todo el universo sobre mi cabeza y bajo mis pies. "Pues, creo, que yo también te quiero". Agacha la cabeza. Nos abrazamos y la oscuridad de su pelo inunda todo y me abraza. Siento su respiración en mi hombro y sobre mi pecho: el Mar. Tardé mucho en descubrir qué significaba para mí el Mar. Tanto más tiempo en descubrir qué significa su habitante incierto, persempre Marina.

Lluvia errática. Este tipo de lluvia de la que podemos decir que, llueva o no llueva, en todo momento del día la sensación es la misma, el mismo frío desatado, la misma humedad cruel, el mismo cielo cambiante y oscuro. Ocultos bajo el pequeño techado, a poco más de un metro del suelo, de la endeble estructura de un parque infantil, en el parque de la decadencia, de la concordia o de la victoria. En este recuerdo, a veces Dante está, a veces no está. Pero Marina y yo siempre estamos, por supuesto. Brazos que dan calor inexistente a través de varias capas de ropa o ninguna. Calentones que duran lo que tardamos en recordar el frío y las miradas. Risas y conversaciones que se extienden como la noche y temores y dudas y esperanzas. Todo tan incierto, todo tan claro. Pero ciñámonos al recuerdo. Es también muy amarillo, mucho más gris, muy frío y húmedo, como el siguiente, supongo.

Penosa ascensión por el Paseo de la Estación, a través del viento y las hojas y el frío implacable. Recuerdo muy sencillo. Tan solo, la ilusión de la compenetración y la suma elegancia de las enormes hojas marrones...

Un corset negro, de PVC. Perfecto, te queda perfecto. Hecho, comprado. Tal vez un poco grande, bah, es lo de menos. Y bueno, ahí empieza una extraña vertiente, un cúmulo de recuerdos que es un racimo de sensaciones. Lo podría resumir en una palabra: corset. Pero hay otras, como gótico. Describir los recuerdos vagos que tengo respecto a esto sería citar elementos de una interminable lista de situaciones relacionadas con diferentes canciones, imágenes, personas como Violeta o Hada, películas, libros... Demasiado para abarcarlo todo, pero sabed que todo esto supone para mí un solo recuerdo, difuso, sí, pero con la fuerza del más nítido y claro.

La noche del Rol. ¿Cuándo fue, Elvira? No llevo el cómputo tan bien como tú. Pero fue, desde luego que sí. Un reloj, un idolillo de madera que desde entonces no me he quitado, una capa magnífica, unos pantalones "cagaos", una camiseta negra y una sudadera marrón para cubrir la mochila. Y, por supuesto, el astrolabio y el grimorio ("De Umbrarum Dei Annales") y ya está, todo un nigromante, Amadeus. Tristán era, para entonces, un magnífico guerrero inmortal, que cayó en la desgracia durante la Guerra Civil Republicano-Nacionalista Española. Níniel era una furcia élfica que decidió que estábamos mejor bajo sus órdenes que prodigando el mal. Lilium... nunca tuve clara su historia. Y estaba Clepsidra, con su corsé negro y su falda negra plisada y sus manguitos de rayas blancas y negras y su maquillaje genial. Y no fue una noche cualquiera, ni una noche inolvidable. Los abrazos de Heredia, de Jonathan, el sabor del ramen, los ruidos de la noche, la oscuridad, las velas... Fue, sencillamente, mucho más que una gran noche.

Ahora llegan los pequeños orgasmos cósmicos, los destellos de la noche... El palacio inmenso, dejado en manos de la decrepitud y el polvo, el café humeante en un rincón solitario mientras la ciudad lucha por despertar ahí afuera, la piel blanca y el pelo negro y lacio, los labios rojos, los "os quiero, en serio, sois geniales, os quiero a todos...", la sonrisa meditabunda esbozada por un muchacho sentado en la otra punta de la estancia mientras sus familiares ríen y beben y charlan. Joder, la agonía infinita de todos estos momentos me supone una fuente tal de felicidad que, de por sí, me impulsan a vivir con una fuerza descomunal. He de seguir buscando estos momentos, he de seguir aprovechándolos, recolectándolos y alimentándome de su fuerza hasta perder la capacidad de recordar o de disfrutar nuevas circunstancias.

Con todos estos momentos, estos fragmentos de memoria dolorosa, de nostalgia, con todos los recuerdos que no me duelen porque aún, AÚN no he perdido a sus fuentes... y, sobre todo, con todas las personas y objetos y lugares capaces de hacerme revivir a cada momento esos torrentes de felicidad y energía, estoy construyendo algo inmenso, algo ínfimo. Me estoy construyendo a mí mismo y ahora todos vosotros sois parte de mí, para bien y para mal, para provocarme felicidad y pesar por igual, para hacerme sentir vivo. Mientras siga sintiendo esta nostalgia, de otro lado me llegará la firme felicidad que viene, sencillamente, de sentiros a todos tan cerca de mí, tanto en la realidad como en mi interior.

domingo, 5 de septiembre de 2010

El Páramo -V- / Gebrechlichkeit II

http://solargeneral.com/audio/burzum/burzum/06-gebrechlichkeit-ii.mp3


    Azul, rojo, negro.
    Deja que las campanas hagan vibrar cada fibra de tu ser. El Ahora martillea tus tímpanos con su campana de cristal, de la que arranca sus desgarradores destellos. Cada segundo cuenta.
    Una voz susurra a tu oído, una voz impasible, una voz que ya ha conocido la felicidad, que la ha tenido al alcance de la mano y la ha perdido y ha sido torturada y ha sufrido. "Carpe", te dice, con su aspereza, con su frialdad. "Diem", concluye, con su lentitud, con su incorruptibilidad.
    Despiertas un día y ves que las cosas, a tu alrededor, comienzan a cobrar sentido. La realidad prende como una mecha y la oscuridad se aparta a los rincones más fríos y distantes. Una luz incierta impregna el aire y el silencio empieza a arder con cada paso, con cada suspiro. Te paras y miras a tu alrededor para averiguar qué está pasando. La misma sensación mil veces repetida. Va a pasar algo, pero no sabes qué. Como cuando volvías a casa, acariciando la oscuridad como la muerta roza los retratos con su plumas crueles. Como cuando tu pensamiento porque presientes que algo va a suceder. Un orgasmo cósmico contenido en un instante de suprema tensión. El instante justamente anterior a la ruptura de la realidad, al desvanecimiento de la consciencia, al caótico nacimiento de todas las cosas...
    Aparece en el horizonte, llameante, extendiendo sus lenguas de llama por el mundo frío, haciendo huir las sombras a las sombras, arrinconándolas y masacrándolas. Un amanecer de llamas gélidas, de luz blanca que barre el páramo con la dureza de un holocausto nuclear. Resuena en tus oídos el aullido estremecedor de la noche agonizante, a tus espaldas y el profundo bramido del sol quemando tu retina. Hay un segundo de enceguecedor destello en que la luz te inunda. Después, un estremecimiento recorre el mundo. A lo lejos, adelante, se colapsa la función de onda, lo incierto se vuelve real y se evapora en la oscuridad de la noche que muere. Con gran esfuerzo, consigues entreabrir los ojos, resistiendo la mirada colérica del sol y vuelves a mirar el mundo.
    El mundo extraño y el mundo que siempre es tu hogar. Sientes la presencia de "ella", vigilándote desde las esquinas, recordándote cómo pueden ser, cómo serán, las futuras mujeres de tu vida. Sientes la absoluta e impronunciable elegancia de la realidad abrazando tus miembros y liberándolos del tedio de la no-existencia. Eres libre, ahora, de andar, de echar a correr, de echarte al monte y buscar y encontrar la felicidad en los rincones umbríos donde la elegancia gótica reina, en las brillantes cumbres donde la poderosa euforia agita los glaciares. Eres libre y caes en la cuenta de que, muchísimo más allá de tener que llegar a un lugar en concreto, a una situación en particular para conocer la felicidad, el estremecimiento que sacude tus vísceras al pensar en la libertad que tienes ahora supone, de por sí, la felicidad. Ve, ahora, a donde te plazca, bebe de los manantiales que elijas, besa los labios que se crucen en tu mirada, recorre las más suaves y pálidas de las pieles. Has abandonado el páramo.

    Sólo puedes enamorarte de una amiga. Cuánta verdad y de qué magnitud. El conocer a alguien, adentrarse en sus pensamientos, introducirte en su forma de contemplar la realidad, será lo que ensanche tu alma y domine tus pasiones.
    Coge una piedra del suelo y ámala. Conócela, adéntrate en la realidad de los milenios que pesan sobre ella, los kilómetros que ha recorrido, los soles que ha conocido. Ama la realidad, conócela.

    Arg.
    Libre. Feliz. Caminando torpemente, con una suerte de gestos innecesarios, millones de pequeñas y grandes metáforas incomprensibles saliendo de mis manos y mi boca, amando cada mota de polvo, cada vaso de agua, siguiendo con devoción las estelas de las faldas negras, del lápiz de ojos o labios rojos y la piel blanca, sin contener el ansia de deciros que os quiero y lo geniales que sois, aguardando a veces, desde un rincón, aprendiendo en silencio y escuchando con meditación, saltando en siniestras carcajadas cuando no existe razón racional para hacerlo, con todo esto y más. Con todos mis errores y todos mis aciertos. Y los errores y aciertos que estoy cometiendo y cometeré. Volveré a ti, querido páramo, algún día. O tal vez nunca. Ahora me toca avanzar a mí.

miércoles, 1 de septiembre de 2010

El Páramo -IV-

    De nuevo las mismas calles, la misma contaminación, la misma febril decadencia; de nuevo el dolor. Las calles duelen, los escaparates duelen, las miradas y el aire viciado. Recuerdos que no causan dolor, sino que son causa, efecto y consecuencia. Recuerdos que son dolor en sí mismos, en su esencia, en su irrespirable miasma.
    Ahora es lo mismo el todo que la nada, se tocan, se acoplan, se amasan el uno al otro. El acompasado respirar de un mar calmado, en el seno del refugio umbrío de una tetería malsana. El todo hecho carne en esa respiración, hecho sustancia en la mirada oscura y anhelante, en el futuro irremediable y absoluto. Lo era todo, ahora es nada.
    El incoherente y convulsionado sentir, el vacío cáustico que queda al arrancarlo todo, deja suficiente espacio al odio para crecer como las flores malsanas. Este vacío maldito que se extiende hasta donde llega la vista, con todo su caos y toda su infinita oscuridad.
    Ahora es cuando aprendo a disfrutar el día, porque más allá del día queda lo que siempre ha quedado, lo que siempre quedará. Más allá de todos los esquemas, más allá de todas las esperanzas, cubriendo la vasta región que va desde ella hasta el amanecer decrépito se extiende el todopoderoso Páramo.