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Sólo estamos buscando al Hombre.
No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos.
No sabemos qué hacer con los otros mundos.
Un sólo mundo, el nuestro, nos es suficiente; pero no podemos aceptarlo tal y como es.
Solaris ~ Stanisłav Lem

jueves, 29 de julio de 2010

ALS I

Me presento, soy Avaron von Dietergauss. Llevo dos mil ciento sesenta años hollando la tierra y a día de hoy tengo la certeza de ser el primer hombre en conseguir la inmortalidad sin perder la integridad de mi alma. Durante todos estos años, únicamente la búsqueda del verdadero conocimiento ha guiado mis pasos y solamente en la mitad de esta vida he accedido a verdades a las que ningún hombre había llegado antes. Las razones por las que mi vida resulta tan particular y por las que escribo esto... En fin, todo a su tiempo. No tendría sentido hablar de esta búsqueda sin antes explicar el por qué. Por qué habría de sacrificar todo lo que he sacrificado, algunos sacrificios conscientes y otros inconscientes a medias. Me obligo a transcribir fielmente todos los sucesos que han influido en mi conducta y transmitir sin sombra de duda ni mentira todas mis acciones, nobles y aberrantes. Mi objetivo con esto no es sólo limpiar mi imagen y escapar a las etiquetas que en estos tiempos podrían adjudicarme, la de nigromante, la de hechicero, incluso las más favorables de erudito o sabio. Pero sobre todo, quiero poder dejar con estos textos una huella de un calibre mucho mayor que las huellas que he ido dejando y borrando por todo el mundo durante mi existencia. Comenzaré por donde tiene que comenzar un principio. Al húmedo abrigo de un valle de las regiones interiores del Imperio de los hombres, mi madre me trajo al mundo. El mundo que estaba, en aquel tiempo, angustiado por las aparentemente inacabables guerras que sacudían los reinos septentrionales.

El Páramo -III-

Se veía ahora recorriendo unas calles conocidas de una ciudad desconocida. Inundado de un odio inconmensurable, golpeaba los nudillos contra los muros con delicadeza y esquivaba al gentío con gestos amables. El mismo odioso fuego negro ardía en su interior, consumiendo sus órganos y negándole todo su sentido a todas las estructuras mentales y sociales y morales que había estado alimentando. Lo hizo, lo hizo porque sentía que tenía que hacerlo. Lo hizo porque debía hacerlo y porque, en realidad, no podía no hacerlo. Y, por supuesto, no podía no odiarse por haberlo hecho. Un pequeño sacrificio al caos, a la locura, a la mórbida obsesión del dolor por ahogarse en su propio vómito. Lo hizo y miró directamente a la faz de la depravación. Al salir de aquel lugar, el páramo le sonrió y lo abrazó con brazos cálidos y enfermizos, portando en su sonrisa la sombra de la alegría. Ahora era libre. Se había liberado. El sufrimiento había caído por su propio etéreo peso, había colapsado y le había dejado solo frente a su miseria y las consecuencias de sus actos. "Bueno, el mundo es muy grande". Desde luego, padre, desde luego que sí. Seguiré buscando, he de seguir buscando. Sé que algún día la encontraré. Pero mientras tanto y hasta entonces, me queda sentarme a contemplar las luces y sombras del páramo. Es un sol blanquecino sobre una tierra gris y cansada, sí, pero, ¿está amaneciendo o está atardeciendo? No es un detalle importante, no es un misterio demasiado grande, es una incógnita, es solo otro pequeño misterio más añadido a los miles de pequeños misterios que entorpecen nuestro avance. No importa, tiene solución, aunque no esté a mi alcance hoy. Tal vez nunca lo esté, pero si algún día lo consigo comprender, intentaré utilizarlo como mejor pueda, no hay más consuelo en esto. Ahí sigue, esperando. Ahí sigue, contemplando. Y ahí seguimos, sufriendo.

El Páramo -II-

Sed. Sintió una súbita sed que parecía tanto más aguda en cuanto sabía que tenía agua cerca. Desde luego que quería agua. Bebió con toda la naturalidad, no hacía tanto tiempo que no bebía agua, o tal vez sí, no importaba. ¿Tenía algún sentido todo esto? Debía encontrárselo él mismo, no tenía sentido que nadie más lo intentara. De hecho, pensó, nadie más podría siquiera intentar comprenderlo, entenderlo o aceptarlo. Nadie más. Estaba, sencillamente, solo en esto. Vio sobre él la columna de agua negra y, sobre ella, la inabarcable negrura que se encoge entre los astros. Apartó la mirada de esa imagen y esperó, siguió y siguió esperando. Tenía que pasar algo, seguramente, probablemente, posiblemente. Cuanto más quería que pasase algo, más seguro estaba de que nada en absoluto ocurriría. Debía acabar con esto. Lo sabía porque ahora llegaba, en lentas oleadas, como la subida de la marea, el dolor. Un dolor menos intenso pero que llegaba más adentro, que amenazaba con pudrirle el corazón y las entrañas con su odio y su ira y su locura. Echó una ojeada más a las llanuras llameantes de soledad blanca. Debía irse. Tenía que irse si es que seguía deseando algún tipo de final satisfactorio.

El Páramo -I-

Los pasos se alejaban. Las últimas sombras precedieron al silencio, un silencio roto a medias por la música lejana. Apoyó la cabeza en las manos, sobre la mesa, cerró los ojos y esperó. El agua caía, copiosa, y formaba una cortina densa hasta el suelo. Apartó las manos de la cara. "Todos esos momentos se perderán, como lágrimas en la lluvia...". Suspiró. Cortó el agua y salió de la ducha. Afuera, en la habitación, la luz destellaba a través de todo el juego de superficies pálidas, vidriosas y translúcidas. Mientras se secaba, sintió en la nuca el frío; no el frío de la habitación o el que dejaba el agua al evaporarse, era un frío atenazador, profundo, tan solo un roce de metal en el corazón. Ante él, la yerma extensión de tierra palidecía bajo el sol blanco y las lentas nubes cristalinas. El viento, lento y áspero, arrastraba lejana música, un concierto de lastimosos alaridos. La imagen de las uñas atravesando la carne y la cerámica, de dos ojos sobre dos palmas abiertas manchadas de sangre, desapareció. Ahora sentía sólo aquel escenario desolado, aquella región de corta hierba muerta y tenues curvas. Únicamente él y el páramo. El páramo y él.

lunes, 26 de julio de 2010

A la luz de las sombras

Preparo y presento la llegada de una serie de fragmentos que, por fin, constituirán una suma coherente y cerrada. Avaron. Avaron nace, como tantísimos otros personajes de este tipo de narraciones, en una época dominada por el fatalismo y superstición medievales y el flujo de pensamientos que suponen los albores de la Ilustración. Una época apenas anterior a todos los cambios que harán desaparecer el antiguo régimen. Es una incertidumbre lo que ocurrirá después, pero siempre operan factores como poderosas religiones y antiguas profecías o mitos o poderes de alguna clase que actúan en contra del viento de los cambios en este tipo de mundos. Como digo, se puede respirar el cambio. Viene, sobre todo, de manos de la razón. Y la razón es creada por los sabios, los eruditos, una clase social aparte en la que en principio solo encontramos a los sacerdotes y servidores de los dioses. Ahí tenemos a Guillermo de Okham, por ejemplo, fraile franciscano. Ellos guardan el conocimiento, incluso el conocimiento prohibido, porque aprenden a ser los únicos que aprecian el conocimiento en sí mismo, sin tener en cuenta lo que de Dios afirme o niegue. Son los guardianes del conocimiento que ni siquiera sienten necesidad de cultivarlo o llevarlo a la praxis, son los astrónomos que admiran y contemplan las estrellas. Copian y reescriben pilas de libros y acumulan cada vez más saber, son en esto la antítesis de los hermanos de entre ellos que fundarán la Santa Inquisición. Avaron no se ordena sacerdote. Ni cree en la divinidad ni le interesan los ritos antiguos, pero sí le interesa el conocimiento. Lo atrae de una forma inevitable. Se ve atraído por el conocimiento como los monjes por el deseo de guardar y preservar las obras clásicas. Avaron, además, no se interesa por la praxis más allá de lo que ésta le pueda otorgar en materia de conocimiento. ¿Qué intento decir con todo esto? No quiero componer otra oda al medievalismo, al estiércol de caballo, los asaltacaminos, las espadas de mandoble, los tapizes polvorientos a la vuelta de la esquina de un sombrío corredor de castillo... No quiero escribir tratados acerca de la textura de los grabados de una espada mítica, del color de las escamas de un dragón, de la gramática de la lengua olvidada de un texto profético o del color de ojos del muchacho que destruirá al Soberano del Mal y salvará su pequeña aldea y las regiones de nombres extraños de su continente inventado, tan parecido a tantos continentes inventados. Quiero poder presentaros un ejercicio de acercamiento a ese afán universal de saber, extendido a sus máximas pretensiones, en la persona de Avaron. Un personaje que se adentra en los recovecos y entresijos del entramado de mitología y religión y filosofía de un mundo diseñado expresamente para poder mostrar toda la sabiduría posible a cualquiera que los busque, pero a precios considerablemente altos. Arrojo una pregunta, ¿es posible que sea así en este mundo? ¿que todas las fuentes de conocimiento estén disponibles para todos nosotros? Sólo habría que identificar a costa de qué exactamente queremos ese conocimiento, si es que realmente lo queremos. Espero que disfrutéis este relato de fantasía o filosofía o como quiera que deséeis etiquetarlo.

Certezas

Es lo mismo que sentí mientras escuchaba tu respiración un nueve de septiembre de un dos mil siete. Es el colapso de la función de onda de todas las cosas, el advenimiento de toda la certidumbre. El ondulante ritmo del corazón de tinieblas. Cierro los ojos y siento bajo mí la luz dorada haciendo burbujear el agua verde repleta de flotantes partículas de arena. Siento, más abajo aún, más lejos, el silencio vibrar en la negrura abisal y dar forma a otra clase de certeza. Siento justo sobre mí el aire azotando la superficie del mar y arrastrando nubes sobre el cielo y más arriba aún el verdadero vacío bramando en un rugido atronador que oprime la conciencia, con sus billones y billones de toneladas de nada, que claman la misma certeza. La misma sensación me ha venido a decir, en un lapso de tres años, que es absoluta la certeza de que estoy acompañado y es absoluta la certeza de que estoy solo. Supongo, pues, que todo es mentira y nada es absoluto. Pero son tan nefastas y geniales estas sensaciones... La llameante penumbra de la tetería, la eterna oscuridad sideral, la siseante y grave tiniebla del abismo oceánico...

Marea de sombras

Arrastrándose por la tierra como una marea de sombras, acheza el monstruo al que tememos, acheza la bestia descarnada que nos mira con el reflejo del respeto.

Es un recuerdo que es la sombra de la sombra de un recuerdo, pero en su vaporosidad su certeza es absoluta, es infinita.

Cada noche, en el plenilunio de las sombras, florece en la penumbra de nuestro interior el fruto y origen de todo nuestro temor, de todo nuestro dolor y toda nuestra ira. Con sangrantes pétalos negros asoma a la realidad sabiendo que será eternamente regada por nuestra sola existencia. Sempervivens.

Mientras existamos, existirá la locura de lo desconocido, la visceral afrenta a lo que somos y sobre todo, la densa, la insalvable, tan insalvable como nuestra propia existencia, la oscuridad...