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Sólo estamos buscando al Hombre.
No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos.
No sabemos qué hacer con los otros mundos.
Un sólo mundo, el nuestro, nos es suficiente; pero no podemos aceptarlo tal y como es.
Solaris ~ Stanisłav Lem

viernes, 15 de diciembre de 2017

Canto - VII

  -Es como si cuando estamos cerca pudiéramos sincronizarnos, ¿sabes?
  -Como dos ondas, ¿verdad?
  -¡Sí! -exclamó, alargando exageradamente la respuesta.
  -Aunque más que sincronizarnos es como si nos complementásemos, nos reforzásemos. Porque pensamos muy, muy parecido pero lo suficientemente distinto como para que cuando nos juntemos se nos ocurran cosas que solos no se nos ocurriría.
  -¿Te imaginas escribir un libro juntos?
  -Dios, eso sería brutal -respondió, alargando también cada sílaba.
  Resoplaron y miraron al suelo algo avergonzados mientras bebían algo más de café.

Canto - VI

  Olía a jazmín.
  El piso era muy acogedor, supuso, aunque no sabía decir si lo que para él era acogedor lo era para los demás. La mirada se le iba entre artefactos y cachivaches, entre maquetas y dispositivos, entre discos de música y libros. Le enseñó las maquetas de modelos tridimensionales de objetos matemáticos de cuatro dimensiones. Bocetos de proyecciones geométricas, animaciones digitales de transformaciones matemáticas. La colección de pequeños juguetes de electromagnetismo, ingeniosos mecanismos que parecían violar las más elementales leyes físicas. No pudo ni enseñarle los libros, porque inundaban el lugar. A ambos lados de la chimenea, en seis estantes a todo lo largo del muro del fondo del estudio abuhardillado, en desordenados montones apilados por los escalones que bajaban a la planta baja. Se maravilló con la sola ilusión de perderse durante días, o quizá años, en esas estancias, con abundante café y pocas horas de sueño.
  En la conversación aquel hombre parecía un gran mentor, una gran máquina de pensamiento puro, un motor de ocurrencias y análisis. Escucharon varios discos, hablaron de ciertos libros, intercambiaron ocurrencias sobre geometría, formación de cristales y la topografía del mismo universo.
  Sin embargo, al irse, reparó en que no había encontrado en ningún rincón una sola flor de jazmín. Quizá se hubiera imaginado el olor. Quizá era falso. Quizá era todo una ilusión.

Canto - V

  -He soñado con ella.
  -¿Y eso? -preguntó abriendo mucho los ojos comprensivos.
  -Al principio estaba, no sé, bien. Mejor. Estaba en un sofá, no en la cama. Acababa de llegar y me habían dicho que había acabado en paz, etcétera. Y yo me quedé en plan... pero si está ahí, está bien, tumbada en el sofá. Entré en la habitación y me hizo una señal para que me acercara. Me fijé que no estaba tapada en una manta, estaba envuelta en ella. Recuerdo que en el sueño pensé, "ah, no es una manta. Es un sudario". Me acerqué más y empecé a tener ganas de llorar porque a la vez estaba comprendiendo; pero ella sonrió y recuerdo que de alguna forma sacó un brazo para cogerme de la mano y me dijo "no te preocupes. Estoy bien. Estoy a gusto". Creo que hablamos algo más y que iba y venía alguien, pero no recuerdo bien. Sé que me siguió hablando o repitiendo eso y con el tiempo iba teniendo peor aspecto hasta que parecía peor que la última vez que la vi. Estaba ya como muerta, como con sólo piel por encima de los huesos, más apretada en la manta, pero seguía diciendo aunque muy débil que no me preocupase, que estaba bien.
  -Lo siento...
  -No sé, no lo pasé muy mal hasta que me desperté. Me quedé como un momento pensando en el sueño, dándome cuenta de qué había vivido y ahí, evidentemente, me eché a llorar como un gilipollas. Al par de días me acordé otra vez y otra vez me rompí. Pero, no sé, al final siempre se me queda como una sonrisa amarga porque, de todas formas es lo que me decía, que no me preocupase, que estaba bien. Aunque sé que cuando la vi no estaba bien, no estaba a gusto, estaba cabreada. También me parece de puta madre. Ardió, como en el poema. De rabia.

Canto - IV

  -El otro día casi lloro por eso mismo.
  -¿A qué te refieres?
  -Nah, no sé... era por una carta. Una carta que me dejó bajo la almohada la noche antes de irme. Me lo dijo luego, no me di cuenta en su momento así que allí se quedó.
  -¿No te la dio ni nada?
  -No, ni me dijo qué decía. Así que bueno, se ha perdido, como quien dice. Para mí se ha perdido completamente.
  -Ah, va...
  -Pues eso, entropía. Es lo mismo que lo que he dicho de una gota de tinta en un vaso de agua. O con lo que cae en un agujero negro. Hay información que se pierde para siempre, por lo menos para nosotros.
  -Pero siempre quedarán cosas, algo, que almacene...
  -No. De ahí mi otro miedo, el del vacío. El vacío crece y crece, la temperatura del universo baja y baja. Todo tiende a desintegrarse, a ceder, a alcanzar una energía mínima. Al final quizá todo sea polvo esparcido infinitamente en el vacío.
  -No me hables de eso tío, en serio, es lo único a lo que tengo miedo. Prefiero pensar que es algo tan lejano que no me tengo que preocupar por eso.
  -Ahí tienes razón, es demasiado, demasiado lejano. Por ejemplo los agujeros negros se evaporan, pero muy, muy despacio. Cualquiera de los que existen ahora tardará muchas veces la edad del universo en evaporarse. Hasta los mismos protones podrían desintegrarse, no se sabe, quizá tenga que pasar una cantidad absurda ya de tiempo. Para mí es casi lo mismo, todo eso lleva a ser el mismo miedo, el de la inmensidad, vacío, frío. Como los océanos; la profundidad de los abismos y la sensación de estar cayendo siempre, siempre. Es algo que no me quito de la cabeza cuando... bueno, cuando estoy deprimido o cuando no puedo dormir y me aburro mucho.
  Rompieron en carcajadas y volvieron a pedir un par de jarras de cerveza. La noche aún se antojaba larga y fría.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Canto - III

  No era así como lo quería. Ya sabía que a ella que no le importaba ninguna opción porque era demasiado pragmática como para preocuparse por esos detalles. Pero él siempre había sido un poco más romántico. Sabía que ella tenía razón, no tenía la menor importancia si a uno lo cremaban, lo enterraban bajo una lápida o bajo una pirámide. Nada de eso debería afectar la opinión de los que les conocieran en vida, aunque sí tenían una vaga idea de que había un concepto de dignidad con los restos mortales, de algún respeto que les hiciera dignos de un destino mejor que décadas de olvido en una cuneta o junto un paredón.
  Aun así, no era así como lo quería. Había venido fantaseando cada vez más con un concepto concreto, el de una bóveda estrellada de piedra. Una cámara sumida en penumbra, con el único y tenue brillo de incontables estrellas acompañando el silencio y el polvo. No podía transmitir con palabras la extraña sensación de regocijo que le producía contemplar mentalmente dicho sepulcro. Bajo sus ojos, las pequeñas estrellas de metal vibraban con la misma energía que las pinturas de perdidas tumbas egipcias o la húmeda sombra de cuevas olvidadas por la humanidad, osarios sellados y hogar de supersticiones. Soñaba con la calma inherente a lugares no perturbados por un solo paso en milenios.
  Pero no tenía ahora nada parecido a aquello. Unos cuantos gatos retozaban despreocupados a la sombra de un sauce. Las urracas se peleaban y bailoteaban entre ciprés y ciprés. Los cubos de basura verde oscuro salpicaban el lugar. Algunos ancianos venían a reponer las flores de algún nicho añejo, pero la mayoría de los ramilletes yacían ajados, secos, marchitos como las fotos, como las letras de bronce, como las lápidas de cemento. Ya no notaba el romanticismo ni las intensas pero calmas sensaciones que añoraba de otros cementerios más respetables, más antiguos, o quizá de cuando los visitaba por otras razones. Ahora solo sentía un desasosiego cruel, una masa cálida en el estómago, escozor ante los ojos que contemplaban la fría piedra.
  Ya se empezaba a decolorar el bronce, ya no lustraba tanto la pulida piedra y alguien había cambiado las últimas flores por un ramillete de plástico que ya lucía aún más falso por el polvo acumulado. Pensó en arrojar al suelo ese insulto, pisarlo, quemarlo, pero antes se la imaginó con nitidez, su sarcasmo, su acidez. Se limitó a desempolvarlo un poco y sin más se giró, dio un paso tras otro y se alejó rápido de aquel lugar.

miércoles, 13 de diciembre de 2017

Canto - II

  Cerró los ojos.
  Llovía. La lluvia empapaba los campos, corría y se acumulaba en los arcenes, salpicaba cada rincón. El frío húmedo le calaba pero le reconfortaba. El repiqueteo le relajaba, como las voces lejanas, diálogos fundidos en un gris tapiz. Veía a su alrededor incontables coches agolpándose rumbo al horizonte, la plomiza cúpula del cielo que tronaba y susurraba, la marea de atareados anónimos que trataban de eludir el temporal.
  Respiraba con dificultad; le escocía la garganta, le dolían los costados. Llevaba un largo abrigo oscuro, olor a humedad, café y frío. Tocó allá donde aún podía notar caliente la mancha de café, ya indistinguible de la lluvia. Observó un instante, curioso, cómo se mezclaban en su mano las gotitas de la bebida, de la sangre y del agua. Observó los carteles, los flujos de personas, las colinas, los edificios, la difusa silueta del océano y de la montaña.
  Un dolor agudo y absoluto le atravesó la cabeza de lado a lado, luego en una ola líquida que le nubló la vista y le elevó la náusea a la boca. Supo que casi se le escapaba una vez más la conciencia. Casi se le escapaba, como se le escapaban las gotas de agua del borde del abrigo, el calor de su cuerpo, el roce de sus dedos de sus dedos, el brillo de su pelo de sus ojos, el sabor de sus labios de los suyos propios.
  El dolor cedió y regresó uno nuevo, más profundo, más negro. Pero se reconfortó en el dulce amargor de los recuerdos que casi acababa de perder. Tomó un largo suspiro, allí rígido a merced del viento, puños cerrados y vista clavada en la agitada superficie del lejano mar.
  Quizá estuviera perdiendo el control de todo, de nuevo. Quizá estuviera cayendo en picado por las mismas rutas que otras piedras, sentía, ya habían seguido. Prefirió no pensarlo. Cabeceó un momento y echó a andar, adelante, siempre adelante.
  Abrió los ojos.

lunes, 24 de abril de 2017

Llueve...



  Por una vez no quiero que llueva. Por una vez quiero que pare de llover. Que asole esta ciudad el sol con sus llamaradas, como queman y cuartean la pintura los rayos y la arrancan de los muros de piedra, la madera gris y el hierro viejo.
  Que borren mi memoria como el calor borra la candidez de los sepulcros, como la luz cauteriza y dispersa las historias dibujadas milenios ha. Igual de lejana quiero sentir mi memoria, ajada como la rueda de un carro, cuarteada como un lienzo, desgastada como un pergamino. Que me queme el sol, que pula mis huesos viejos, arranque de mí hasta el último jirón de congoja.
  Que sequen mi hiel, mi rabia. Quiero libar al gran Páramo toda mi cólera, toda mi angustia. Porque lo que a mí me anega y encharca, el Páramo deseca, reseca, consume y dispersa. Que se consuma todo, desaparezca por entre las grietas, fluya hasta el horizonte.
  Y que lo que quede sea yo, sin más adornos ni artificios, sin más mentiras ni debilidades. Que lo que quede sea yo y nada más ni nadie más.

  Pero... nunca llueve a gusto de todos.