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Sólo estamos buscando al Hombre.
No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos.
No sabemos qué hacer con los otros mundos.
Un sólo mundo, el nuestro, nos es suficiente; pero no podemos aceptarlo tal y como es.
Solaris ~ Stanisłav Lem

sábado, 28 de agosto de 2010

Canto de Prometeo [Secunda] - XII

    No tendrían tiempo. Miró de nuevo al sol poniente, el ocaso resplandeciente marcaba el principio del fin. Desde el horizonte, nubes que parecían inmensas lenguas de fuego rasgaban el cielo púrpura. Una ciudad en ruinas se incrustaba en las grietas de la llanura. Ciudadelas negras de roca y metal De las  ruinosas torres se alzaron en vuelo miles de criaturas impías y sangrientas, lanzando sus gorjeos y chillidos.
    -¡Por las barbas de mi madre! -profirió Maelstrom a la vez que sacaba el hacha.
    Las flechas comenzaron a silbar y el tinte azul del aire señalaba que los hechizos ya estaban cargados. Frente al grupo, en nigromante se retorcía de placer y lanzaba sus gélidas y terroríficas carcajadas.
    Cayó el sol y la oscuridad los envolvió.

    -Oh... qué genial, qué genial...
    -Te dije que no desperdiciaras el Sello de las Sombras, te lo dije. Si no lo hubieras gastado...
    -¿Pero ya está? Quiero decir, ¿no hay más?
    -...aún lo podrías haber usado contra el lugarteniente y habríamos llegado a tiempo.
    -Todo es cuestión de tiempo, no lo habéis medido bien.
    -¿Pero así termina? ¿Ya está?
    -Genial, sublime...
    -...porque estaba pensado para que lo usases contra el lugarteniente, no contra la Madre Arácnida, estaba claro...
    -Bueno, nos quedamos sin saber qué significaba la inscripción del altar. Y lo que nos dijo el tabernero de Aktún. En realidad, yo creo que se refería...
    -...ves que tiene Toque Gélido al 10, eso es un 2D20 sin contrahechizo, es bestial, pero obviamente no está hecho para utilizarlo contra la Madre...
    Riendo, se alejó lentamente del grupo. Fue a la cocina, donde cogió un vaso de agua. Le dolían las piernas por la postura, no se había dado cuenta hasta entonces. Miró por la ventana. Puntos amarillos de luz, enfermiza, vibrante, ruido lejano de motores y de música. Se volvió. Ahí estaban sus ojos, perfilados y brillantes.
    -¿Qué te ha parecido?
    -Wa, muy curioso, bizarro y curioso -sonrió ella.
    -¿Qué dicen esos enfermos?
    -Los que no se están peleando por el Sello dicen de coger los elixires y pociones y subamos al Apolo.
    Echó una ojeada a las botellas de vodka y de ron, la coca-cola, la fanta, los vasos de plástico, los bolsos, las mochilas. La miró a ella.
    -Estás... -se mordió los labios y se le acercó-. Bufff... Estás muy bien, muchacha mía.
    No intentaron evitarlo. Sólo las risas y la tos fingida los separaron.

martes, 24 de agosto de 2010

Canto de Prometeo [Secunda] - XI

    El estridente quejido de las chicharras amplificaba la sensación de calor. No había movimiento, ninguna clase de movimiento. El aire seco y ondulante no se movía. Las hojas de los innumerables árboles parecían embebidas en petrificado ámbar. Tras la ancha entrada, un pequeño recibidor en sombras. Allí, se detuvo para curiosear los anuncios colgados en un tablón. Había varios gatos, que erraban entre la penumbra y el ardiente lecho de luz.
    Tenía media hora. Paseó entre mármol, cruces de alabastro y de metal, monumentos y abigarrados árboles centenarios. Longevidad. Se veía rodeado por la decadencia y la decrepitud sin límites. El color de las flores y la textura de las lápidas era más dolorosos cuanto mejor conservados y limpios estaban. No necesitaba invocar imágenes de nubes negras, lluvia o aire gris. El calor ajaba el mármol, el viento seco desgastaba los relieves, la luz cegadora ajaba las fotografías y los epítetos.
    Sonó el móvil. Salió del cementerio con paso ligero. A los cinco minutos, ya se encontraba ante la calidez de rostros conocidos y voces alegres.

Canto de Prometeo - 0*

Reescribo esta entrada para los que no supiesen que el resto se refiere a los recuerdos del moribundo, y las cosas.

    ¡Oh fuente! ¡Oh llama de la Vida! Perdóname si la emoción me ha hecho enmudecer; tú que eres camino de libertad, permite que en tu presencia incline esta rodilla, nunca doblegada. Tú sola eres, en mí, señora y autoridad; por tí, ¡oh única diosa! he olvidado la majestad austera de mi orgullo.

    "Canto de Prometeo delante de la llama de la vida" - J.Pijoan



     La larga melena negra caía sobre los hombros como una cortina de noche. La piel nívea, apenas moteada de pecas en mejillas y nariz, corría a ocultarse entre los pliegues de una falda rígida y el escote sinuoso de un corsé. Los labios rojos, que parecían conspirar junto a los oscuros ojos para encumbrar las curvas de su cuello desnudo. Todo esto arrastraba la nítida imagen que se alzó, desde las sombras que rodeaban el lecho de muerte, para atormentar su sombrío corazón.
    Alargó una mano hacia esa belleza rebosante, ese anhelo contenido en un suspiro. Desapareció y fue como si nunca hubiese estado ahí. Mantuvo su mano allí, flotando en el helado vacío, cargándose de temblores y pánico, hasta que la mortal debilidad la hizo caer.
    Su conciencia duró más de lo que dijeron más tarde los médicos. Segundos, apenas. Pero unos segundos durante los que su mente en pleno decaimiento total recorrió todos sus recuerdos, con todo su dolor y placer.

lunes, 23 de agosto de 2010

A la Luz de las Sombras - [Leander] - IV

    -No me has preguntado tu nombre -dijo el anciano en cuanto entramos al salón.
    -Cierto, no nos hemos presentado como ha de ser -me excusé, sonriendo.
    -Bueno, yo ya te conozco. Avaron von Dietergauss, por supuesto. Un nombre que se recordará por mucho tiempo, si me permites la osadía. Soy Leander de Nemea.
    -¿Qué asuntos te traen aquí? Si puedo saberlo, claro. No pareces autóctono.
    -No importa, por supuesto -nos sentamos a una de las mesas y esperamos a que los sirvientes trajeran la comida-. Hace mucho tiempo hice un favor personal al Duque y ahora, en mis últimos años, me ofrece su honrosa hospitalidad a cambio de muy poco, que le asesore en temas en que mi sabiduría proporcione acertadas soluciones, de cuando en cuando. En cuanto a ti, ya sé que vienes en representación al señor de tu tierra. Pronto el Duque exigirá de ti más trabajo del que has dado hasta ahora, aunque aún no imaginas qué tipo de trabajo.
    Sus palabras me preocuparon ligeramente, pero su firme sonrisa me relajó. Comimos con copiosidad mientras hablamos y discutimos. No hubo distinción clara entre el final de una comida y el principio de otra, pues no abandonamos el salón en todo el día hasta que, al fin, la puesta del sol trajo la música y el vino.

    Asdf.

domingo, 22 de agosto de 2010

A la Luz de las Sombras - [Leda] - III

    Apenas el eco de la luz de la luna iluminaba los contornos de mis aposentos. Veía ante mí el baúl, abierto; al fondo, el escritorio y la oscura silueta del espejo. Sentía la cabeza pesada y casi insensible, pero me turbó la extraña certeza de haber sufrido mucho durante los últimos días de inconsciencia. Ignoraba qué día era, pero la familiaridad de los sencillos muebles y las formas de los muros me reconfortó. Con todo, al poco tiempo cobré la seguridad de que aquella no era la segunda noche que dormía allí. Me incorporé, primero, con gran esfuerzo y más tarde me levanté y salí del lugar. Recorrí a oscuras los corredores y las cámaras que no habían sido cerradas por los guardias. Pensé que fue una suerte no haberme encontrado con ninguno. No estaba seguro de querer saber qué había ocurrido o cuánto tiempo permanecí en cama.
    No vi nada inusual. Ascuas en los hogares del salón, tenues columnas de humo alzándose de las chimeneas de las dependencias de los siervos. Desde un pequeño ventanuco, atisbé la oscuridad en que se hallaba sumida la plaza de armas y las puertas de la capilla y el puente levadizo cerradas a cal y canto. Volví a mi cama, sintiéndome más fresco y sano a cada momento. Justo antes de cerrar los ojos, recordé. Me levanté de nuevo y fui al baúl para sacar los amuletos. No estaban allí. Maldije en silencio y después de perder demasiado tiempo llendo y viniendo en el silencio de la estancia, accedía a acostarme y ver qué traía la mañana.

    Ya estaba allí desde antes que se despertara. Sentado en la silla del escritorio, escudriñándole bajo la difusa luz grisácea de la madrugada.
    -¡Ah! Ya despiertas -dijo con una alegría que contrastaba con la aspereza de su voz, voz de anciano-. Esperaba que despertases pronto.
    -¿Quién... quién eres? -inquirí, forzando a mi mente a despertarse a toda velocidad.
    -He estado cuidando de ti todos estos días de... indisposición. Parece que los vientos del Este te han favorecido -sonrió el desconocido.
    Miré a mi alrededor en silencio. Todo seguía como la noche anterior. El recuerdo de Leda apareció como el destello del cuchillo entre los ropajes del desconocido.
    -Iban a ser los médicos del Duque los que iban a cuidar de ti, pero yo le convencí personalmente para que me dejase hacerlo por ellos. Me costó convencerle, por supuesto -suspiré de alivio al comprobar que no era un cuchillo lo que sostenían sus manos, sino un atajo de objetos, de colgantes, piedras pulidas y pequeños artefactos unidos con un cordel-. Pero todo indica que soy muy convincente -de nuevo esa sonrisa cálida.
    Profundas arrugas cruzaban su piel limpia y de un color indudablemente sano. Su ligera ropa, muy parecida a un hábito, no ocultaba unos miembros desgarbados y ágiles para su edad, que debía ser mucha. Tenía una melena corta y entrecana, que tenía pulcramente peinada hacia atrás. Con un suspiro, se levantó y se acercó a la cama.
    Siguió mi mirada, que fue de sus ojos a los amuletos que acariciaba entre sus dedos; al menos la tercera parte de ellos eran míos, inconfundiblemente míos.
    -Antes de que empieces a hacer preguntas -comenzó el anciano-, no te preocupes, no hay nada de qué preocuparse. Los médicos iban a cuidar de ti aquí mismo. Les acompañé los primeros días, durante los que tu vida pendía de un hilo y no parecía haber recuperación posible. Tenías todo el cráneo fracturado, habías, incluso, perdido pequeñas partes de cerebro. Cuando vieron que no podían hacer nada por ti salvo mantenerte a base de líquidos y desinfectar las heridas, me ofrecí a vigilarte por las noches, sencillamente porque no tenía otra cosa mejor que hacer. Los hombres de mi edad dormimos poco y agradecemos el ofrecimiento de algo que hacer por las noches que no sea el interminable revivir de los remordimientos y de los viejos recuerdos. A veces, uno desea... -cambió su apacible expresión por una de profunda melancolía, agitó la cabeza y continuó-. Perdona, joven. Quiero decir... Aproveché las noches para seguir con mis estudios aquí mismo, en tus aposentos, mientras vigilaba tu estado. Con la esperanza de encontrar algo de tinta, pues a mí se me acabó hacía tiempo, abrí tu baúl y, en fin, sabes qué me encontré allí. Francamente, joven, fue un error dejar los amuletos tan a la vista -dijo, meneando levemente la cabeza.
    Rodeó la cama y fue a sentarse en un pequeño taburete junto a la cama en la que aún seguía, incorporado y expectante.
    -Los reconocí de inmediato, pues estoy versado en el tipo de conocimientos que rodean estos objetos, aunque no tanto, diría, como tú -sostuvo en alto los artefactos y los contempló con mirada experta-. En efecto, daría todos los que yo he encontrado o fabricado por poseer la mitad de los que tú tienes -rió amargamente-. Pero ya no tiene sentido para mí. Son conocimientos que se acumulan como libros viejos. Son sorprendentemente valorados cuanto más inaccesibles son pero, nada más poseerlos, pierden todo su valor, todo su carisma -dejó los amuletos sobre la sábana, a mi lado-, todo su poder. Ya no me interesan, puedes quedártelos todos, los tuyos y los míos. Como te decía, los guardé todos a buen recaudo en cuanto los encontré, pues no podía esperar que los médicos o cualquier doncella supiera tenerles el respeto que les tengo yo, ya sea por despreciarlos y arrojarlos al foso o por la hiriente necesidad que tienen algunos de declarar herejes a todos los que conocen ciertos secretos. No importa ya, aquí los tienes, guárdalos mejor que hasta ahora, por favor, pues además de respeto les tengo cariño. Me han acompañado gran parte de mi vida.
    >>Casi se me olvida decírtelo. Debes preguntarte cuánto tiempo ha pasado. Han pasado exactamente siete días desde el incidente. Tu recuperación ha sido francamente impresionante, supongo que está relacionado con el poder de estos objetos.
    -¿Qué ha sido de Leda?
    -Oh, perdona, no te había dejado hablar aún -rió de nuevo el anciano, su rostro iluminado por una sonrisa sincera-. Pero, ¿de quién estás hablando?
    -De la invitada del Duque -nada más pronunciar estas palabras, caí en la cuenta de que en ningún momento me dijo Leda qué hacía ella en Amaurot. Por lo que sabía, tan probable era que hubiese nacido allí como que, en realidad, nadie más que yo supiera que había estado en esos mismos corredores y cámaras.
    -No sé quién es esa mujer, joven. Te ruego me disculpes, mi memoria me falla, espero lo comprendas.
    -Claro, claro, no hay problema. Me habré equivocado. Tal vez el cansancio...
    -Quiero volver a hablar contigo -interrumpió él-. Me gustarías que calmaras mi curiosidad acerca de un par de asuntos -echó una ojeada a los amuletos y después me miró con complicidad.
    -Por supuesto, cuando gustes -asentí.
    Me levanté, di un abrazo al anciano en señal de gratitud y juntos fuimos al salón a dar la noticia de mi pronta recuperación.

A la Luz de las Sombras - [Leda] - II

    El estridente tañir de campana que indicaba el cambio de guardia calló. Pausadamente, los centinelas recién levantados relevaron a sus compañeros mientras el sol abandonaba sus tonos rojas y se adentraba en el firmamento. En silencio, Leda y yo recorríamos la larga muralla, resguardados del viento fresco por las gruesas almenas. Las preguntas ardían en mi interior pero, tal vez por ser demasiadas, no pronuncié palabra. Seguimos avanzando, siguiendo la sinuosa línea del recinto hasta alejarnos de las miradas de los guardias. Paramos y subimos a una reducida terraza apuntalada al muro, desde donde se dominaba todo el levante, desde el agudo recodo del río, allá abajo, hasta las cumbres blancas del horizonte.
    -Quieres saber cómo lo he hecho, supongo -inquirió ella, con los ojos entornados fijos en el rubí encarnado que era el sol.
    Recordé la visión de sus colmillos antinaturales, su piel pálida, casi gris, intacta bajo la luz solar.
    -No, no es de eso de lo que quiero hablar -contesté, en parte mintiendo y en parte sinceramente.
    -¿Cómo es que te conozco? -asentí con la cabeza-. Sería imposible para mí no conocer tu existencia. No creo... -dudó un instante-. No creo que puedas comprenderlo ahora.
    -¿Has venido aquí por mí?
    -No, más bien has venido tú por mí -con un gesto me impidió que replicara-. Crees que no es así, pero piensa de nuevo en lo que te ha traído aquí. Llevabas mucho tiempo queriendo salir de aquella tierra cada día más gris, cada día más sucia pero, ¿qué guió tus pasos hasta esta ciudad?
    -Sentí...
    -Deja que te recuerde. Querías ir a Drieder, por lo que esa ciudad podría enseñarte. Querías expandir tu conocimiento y te convenciste de que Drieder te otorgaría secretos que ningún otro lugar parecido podría. Pero al final decidiste escuchar a Karl, ¿por qué?
    Me sentí, de pronto, profundamente herido. Como si un hechizo acabara de quebrarse, desapareció por completo el sentimiento que me había llevado hasta allí, miré a mi alrededor y las colinas verdes, las montañas grises, los tejados de pizarra me parecieron extraños, y los odié. Comenzaba a comprender que habían entrado en mi mente y obligado a acudir a aquel lugar en contra de mi voluntad. Un odio hacia aquella mujer comenzó a llamear con fuerza. Recordé lo que había leído acerca de Drieder, sus promesas de conocimientos prohibidos y tecnologías olvidadas por el resto de desinteresados mortales.
    -Consideraste, al fin, que Amaurota tenía algo que no podrías encontrar en Drieder. No sabías a ciencia cierta qué era pero estabas y estás seguro de que esto hace, precisamente, que Amaurota sea aún más preferible.
    -¿Has sido tú?
    Ella sonrió, exponiendo sus colmillos a la mañana fría.
    No lo pensé dos veces, tal vez ninguna. Me abalancé sobre ella, con la intención de tirarla al suelo y dañarla de algún modo. Fui a dar contra una almena, donde una mano de hielo incrustó mi rostro, haciendo crujir varios huesos.
    -Sí, he sido yo -fue lo último que oí.

sábado, 21 de agosto de 2010

A la Luz de las Sombras - [Leda] - I

    Con un cansancio a las espaldas que superaba todo lo que podía concebir, con los huesos doloridos y la mente embotada, bajé del odioso carruaje y me encontré, al fin, con el majestuoso portón de madera de roble remachado de acero forjado. La entrada a la ciudadela de Amaurot. Los monstruosos muros de piedra pulida se alzaban con una estructura simple que no trataba de esconder la poderosa mole de la torre del homenaje, de estilo más elegante y casi etéreo. Rápidamente, pues acababa de anochecer y caía una insistente lluvia, corrí hacia las dependencias de los sirvientes, seguido muy de cerca por el cochero, que llevaba mi único y voluminoso macuto.
    -¡En nombre de Dios! -rugió el rollizo cocinero, que descansaba sentado en un rincón de la cocina, nada más se abrió la puerta- ¿Quién eres y a qué vienes aquí?
    -Soy...
    -Venimos en nombre de Karl Ömmen, somos invitados del Duque -intervino el cochero.
    -¿Pero qué hacéis aquí? -insistió el cocinero, levantándose y acercándose a ellos, bamboleando su enorme panza y rascándose la descuidada barba-. ¿Por qué no habéis ido por la entrada principal?
    -Creía que éstas eran las dependencias de los sirvientes. Quería dejar descansar a mi cochero antes de presentarme al Duque.
    -Sí, éstas eran las dependencias, hace setenta años. Ahora son los establos y esta cocina. Las dependencias que buscas están al otro lado de la plaza de armas.
    -Vaya, señor, que yo bien puedo esperar a que pare de llover para ir a acostarme -repuso el cochero, mirando con ansia las abundantes viandas desparramadas por las mesas.

    -Me presento, soy Avaron von Dietergauss -dije con una inclinación de cabeza.
    -Quedáis bienvenido a mi palacio -pronunció ritualmente el Duque, que pese a la sobriedad de sus palabras mantenía una jovial expresión y una juvenil postura en su asentio de madera lacada-. Más allá de vuestro papel como consejero a mi cargo y mensajero del venerable Karl Ömmen Sichnie, gozáis a partir de este momento de total libertad para marchar de estas estancias y volver cuando y como queráis, con la frecuencia que gustéis.
    -Lo agradezco profundamente, mi señor.
    Seguimos cruzando vacías formalidades, las suficientes como para dejarme percibir que le eran aún más molestas a él que a mí, hasta que llegó el momento de hablar de los asuntos que, oficialmente, me habían llevado hasta allí. El Duque era un joven inquisitivo, inteligente y profundamente analítico, que tal vez sacrificaba muchas de las cualidades que un noble debía poseer por nutrir su curiosidad y pragmatismo. Para cuando llegué a mi aposento, donde me esperaba mi macuto y un camastro cómodo y perfumado, ya me había convencido por completo de que la casual relación diplomática entre el Duque y yo se acabaría convirtiendo en una fuerte amistad.

    La mañana llegó con mucha más fuerza que la que había conocido los últimos años, a través de un ventanuco. Era una mañana fría y gris, pero sorprendentemente menos fría y gris que a las que me había acostumbrado en mi querida tierra norteña. Me asomé a la tosca apertura en el muro. Más allá de los altos muros, la loma en que se asentaba la ciudadela descendía por aquel lado de forma suave a un riachuelo tranquilo. Amaurot no parecía un buen punto estratégico para construir una fortaleza, a diferencia de algunas de las colinas y montes que veía desde allí. Por lo que había estudiado, jamás en la Historia escrita Amaurot había sido atacada, ni sobre ella pesó nunca la mirada de ningún enemigo.
    Vacié el contenido de la bolsa sobre el lecho. Reordené los objetos y los coloqué de forma estratégica por la habitación. Un pequeño espejo, que colgué de un clavo en una columna. Un legajo, el tintero y las plumas, que puse sobre la mesa. Los ropajes los guardé en el baúl junto con objetos varios no muy útiles y, finalmente, los diversos amuletos los dejé sobre las sábanas, observándome con su brillo siniestro.
    Rápidamente, sin temer por mi intimidad, llevé a cabo el breve ritual, guardé los talismanes y me cambié para pasear por los pasillos del castillo y averiguar dónde podría procurarme el desayuno.

    Era una estancia amplia, muy alta, intensamente iluminada por una arcada esbelta de finas vidrieras. Dos largas e inmensas mesas ocupaban casi toda la superficie del suelo. A los dos extremos de la sala, dos hogares sobrios y majestuosos. No me había costado encontrar el salón, pues el castillo era pequeño y de espacios amplios, sin pasillos abigarrados, inteligentemente planificado.
    Desde los ventanales hasta el muro contrario, desparramándose por la superficie de las mesas e inundando el espacio, las columnas de luz y motas de oro danzantes me ocultaban un rincón algo más sombrío de la estancia, en la esquina opuesta a la que se encontraba la entrada, donde me encontraba. Me acerqué lentamente. Había allí una figura difusa, bañada a medias por la luz vaporosa, inclinada sobre algunos platos y cuencos rebosantes de comida y varios tazones humeantes. Me acerqué más. Mis pasos alertaron a aquella persona, pues alzó su rostro hacia mí y tendió su voz aterciopelada y vibrante.
    -Te estaba esperando, Avaron -susurró una mujer de cabellos negros, hombros níveos descubiertos, elegantes curvas y unos ojos azules que me atravesaron el alma. Sonrió, mostrando con gracia sus blancos colmillos enmarcados por labios finos-. Ven y siéntate junto a mí -esperó a que así hiciese y continuó tras contemplarme con intensidad unos segundos-. Me presento, soy Leda.

viernes, 20 de agosto de 2010

Canto de Prometeo - X

 LEER EN ORDEN, de 'CdP - 0' a 'CdP - X'

Fin del Capítulo 1

    Se veía a sí mismo frente a una laguna de sombras. En realidad, no era él. Era su cuerpo, pero no era él. Vio, primero, aquella figura errante, aquel caminante incierto y después creyó ver un mar de niebla, de bruma espesa que cubría todo lo visible. Pero un océano de dudas, de temores, en fin, de sombras. Sustancia negra, vaporosa, densa, que se arremolinaba alrededor de rocas afiladas como cuchillas, puntiagudas como husos y ásperas y porosas como roca volcánica. Lentamente, aquel siniestro mar de oscuridad se retiró, dejando expuesto al aire, bajo la mortecina luz gris, un valle de cadáveres y de roca de la que manaba sangre que iba a engrosar la sanguinolenta pulpa que se extendía hasta los confines del mundo. Un imperceptible estremecimiento recorrió a la figura, que se le presentaba de espaldas, cabizbaja y serena. Lenta, muy lentamente, aquel ser espantoso, aquel puro y fiel reflejo de sí mismo giró la cabeza.
    Despertó bañado en sangre fría. Her blood. La misma sangre que manó de su nívea y perfecta piel. La imagen de la cicatriz, reabierta de nuevo después de tantos años, dando a luz a la muerte y la oscuridad, se le incrustó en la retina hasta que, una vez frente al espejo, bajo la tóxica luz verdosa y macilenta del fluorescente del baño, se cosiguió convencer de que era sólo sudor lo que bañaba su piel.
    Durante el resto de su vida, y esto lo comprendió en aquel instante negro, no volvería a conocer una forma de felicidad que no fuese poco más que una sombra de lo que había sentido hasta entonces.

Canto de Prometeo - IX

    El tiempo, el espacio, las sensaciones, todo. Absolutamente toda la estructura de su memoria se tambaleó y finalmente se colapsó. Durante varios meses, estuvo recorriendo solo los doloros recuerdos, algunos verdaderos y otros falsos, sin conseguir distinguir a ciencia cierta entre la realidad, la memoria, los sueños y los recuerdos que no eran ni reales ni imaginarios.

    Lo que sentía tenía un origen incierto, difuso y perdido como un pecio semienterrado en el lodoso lecho oceánico, entre criaturas desconocidas para la ciencia y secretos innombrables.

    No es que no lo hubiera asimilado. No. Lo que ocurría es que había 'desasimilado' absolutamente todo lo demás. Al principio, puesto que no tenía ninguna razón para ello, no intentó aclarar nada, más allá de las 'preguntas pertinentes' o 'de rutina'. No nadaba en el mar de incertidumbre en que se hallaría más tarde. Simplemente, en su dañado esquema de existencia, nada existía, nada tenía ser ni consistencia existencial. No se suicidó porque, por supuesto, no concebía la idea de muerte, pues no conocía la de vida.

    Más tarde, cuando la parte racional de su ser se cansó, tal vez en un supremo acto de superación o tal vez a causa de su aletargamiento y su deseo de despertar para conocer de nuevo lo que no puede ser conocido, comenzó a volver a la realidad. Aunque muchos no lo entendieron, el que de pronto dejase de comer y se mostrase cada día más sombrío era un símbolo de recuperación. Entonces empezó a hacerse preguntas. Durante cuánto tiempo había estado gestándose esa situación, cuánto tiempo había compartido con aquella mujer que ahora era más parte de él, que él mismo, ¿días? No podía ser, se le aparecían nebulosos recuerdos de un verano plagado de cartas de amor. Más tiempo. ¿Meses? podría ser. ¿Años? ¿Décadas? No se reconocía ante un espejo, menos aún podía contrastar su rostro con el que llevaba en los recuerdos. No le preguntó a nadie, no consultó un solo documento. Dejó, simplemente, que la memoria llegase, como por cuentagotas, por sí misma.

Canto de Prometeo - VIII

  "El disco solar se alzó a lo lejos y ahuyentó las sombras proyectadas por la mole de roca. A la luz del amanecer pudo contemplar la majestad del yermo páramo que se extendía ante él, desde el abismo que caía a sus pies hasta el mismo horizonte. Había llegado, al fin, a los confines del Imperio. Más allá de ese punto no encontraría a nadie que pudiera ayudarle, ningún viajero, ningún campesino, ningún villano amable que le pudiera ofrecer morada, agua y comida. Desde el punto en que se encontraba hasta su lejano e incierto destino sólo llacía esa inconmensurable nada azotada por vientos templados y secos."


    -Un páramo...
    -Sí -dijo ella-. ¿Te gusta?
    -Claro que sí. ¿Qué viene después?
    -A ti te lo voy a decir -rió-. En realidad no quieres saberlo.
    -Supongo -comenzó él, después de seguir mirando el legajo un instante- que te refieres a una especie de viaje, un viaje ritual de exploración de sí mismo, de su subconsciente, en esa llanura desierta.
    -Supongo, supongo, supongo... Sal tú a andar allá afuera, cuarenta días, como Jesucristo. Cuando vuelvas me dices si los desiertos de rocas peladas y lagartos tiesos al sol te ayudan a reencontrarte o si son los misiles israelíes los que te encuentran a ti, con sus Torás y sus candelabros.
    -What the fuck? -repuso él con expresión extrañada.
    -Olvídalo.
    Rieron con ganas, se volvieron a abrazar como si se reencontraran de nuevo y salieron a tomar el aire, o a dar una vuelta, o a comprar algo, no lo tenían muy claro.
    -Si pudieras nacer en cualquier época, en cualquier lugar, ¿dónde lo harías?
    -Siempre he tenido muy clara esa pregunta, me lo he imaginado miles de veces -repuso  ella al instante- Nacería en el siglo de las luces, para contemplar la creación de la Enciclopedia, acudir al salón de madamme Geoffrin... El nacimiento de la razón y la forma de pensar de las personas de hoy en día. En fin, tantísimas cosas que han influido e influirán en todo lo que ahora somos. ¿Y tú, dónde y cuándo?
    -En los mismos lugares, a medio camino entre Francia, Alemania, Inglaterra... Pero más tarde. Sería en el siglo XIX, conocería el romanticismo y después el prerrafaelismo, el simbolismo. Vería con mis propios ojos a los poetas malditos, les vería discutir acerca de Baudelaire y sus flores...
    -Entiendo.
    Los dos se sumieron en un silencio cómodo, recreándose más en lo que el otro quería transmitir que en lo que habían dicho de sí mismos.

    Se veía a sí mismo frente a una laguna de bruma gris. En realidad no era él. Lo sabía porque todo lo que el sueño había dispuesto apuntaba a esa verdad. La niebla que, en girones, abrazaba y lamía los entresijos de las suaves rocas, las orillas de las cumbres de unas montañas de altura incierta. El caballero, el señor, el errante caminante que tenía delante no era él, pero tenía su cuerpo, que portaba con una figura elegante y reflexiva. Lentamente, el dinámico mar de niebla se fue retirando, dejando ver un rico valle dominado por la luz, por el fresco verdor de los primeros días de la primavera. Un sensible estremecimiento recorrió al hombre, que comenzó a girar la cabeza, como si hubiese notado la inefable existencia de su consciente. Antes de despertar, creyó haber visto en su rostro una sonrisa sincera y unos ojos de mirada cálida.
    Fuera, brillaba el sol. Dentro, brillaba el húmedo calor y sensaciones de suavidad.
    La abrazó mientras bostezaba exageradamente y estiraba las piernas, intentando liberarlas del despojo en que se había convertido la sábana. Un par de gemidos y balbuceos le indicaron que pronto se despertaría. Volvió a enredar sus largas y esbeltas piernas con las suyas propias y hundió su cara en la oscuridad de su melena. Se sintió extasiado por el olor de su pelo, por la suavidad de su piel, por la desnudez de sus curvas... Todo, absolutamente todo, era perfecto. Más que perfecto, si cabía. En la penumbra, ella le susurró algo. Él le respondió y siguieron así, sin apenas moverse y sin percepción alguna del tiempo. Hasta que él la separó de su calor y, cogiéndola suavemente por los hombros, la miró de arriba abajo bajo la tenue luz que penetraba la cortina; primero la simetría de su rostro, la expresión de sus ojos almendrados, la dureza de su nariz, la textura de sus labios, los ángulos de su mandíbula, la firmeza de sus pechos y la delineada armonía de su cintura, su cadera y sus muslos. Ella le cogió de los lados de la cabeza y le dio un fuerte, prolongado beso. Hundió su lengua en su boca, tanteando la suya, mordió sus labios con fiereza, haciéndolos sangrar, le abrazó la espalda con fuerza y lo puso boca arriba, bajo la presa de sus piernas fibrosas y sus largos brazos. Cuando tuvo la total certeza de que cualquier mortal en muchas habitaciones a la redonda lo habría escuchado todo, cuando se creyó que se desmayaría por puro cansancio, el orgasmo compartido llegó tan pronto como se lo propuso. Agotada, con apenas fuerzas para reír, cayó sobre él y sobre un sueño profundo.

jueves, 19 de agosto de 2010

Canto de Prometeo - VII

    "Se levanta el día y recuerdo tus ojos, brillantes y cargados de deseo. Avanza el día y anhelo tus dedos, tus manos, tener tus manos entre las mías. Amanece la noche y su oscuridad y echo de menos la suavidad de tu pelo, el frío tacto de tu piel, el roce de tus labios.
    A todas horas.
    En la soledad acompañada de una cafetería, poco después de amanecer, mientras la ciudad y yo despertamos y la luz lo ahoga todo.
    En la compañía solitaria de las informales reuniones con la gentuza de estos lares, cuando cada sonido, cada imagen, me recuerda a ti como los truenos avisan de la tormenta.
    Sé que no te gustan estas ñoñerías xD, pero tenía que escribirlo sí o sí. ¿Cómo te va por allá? Aquí el calor ya cede y llega alguna tormenta. Odio las tormentas, lo sabes, pero casi lo agradeceré después de tanta luz, tanta tanta luz y calor y chicharras.
    En fin, sólo me queda algo por decir. Tienes que saber que, cuando selle y deje esta carta en el buzón, no dejaré de pensar en ti, seguiré deseándote y follándote mentalmente cada mañana, tarde y noche hasta que nos volvamos a ver. Escríbeme.

    P.D.: Escríbeme.
                                                                 Fdo.: Prometeo"

     Las tormentas pasaron pronto. Volvieron a subir las temperaturas y un viento seco azotó la ciudad de tal modo que parecía que fuesen a aparecer dunas espontáneamente en los rincones de las anchas avenidas. Aún el cielo aparecía limpio y el aire tórrido corría entre las calles solitarias cuando volvió a su nueva ciudad. Volvió antes que ella. Calculó los días que restaban para su llegada. Aprovecharía la soledad de esos primeros días para retomar los viejos hábitos y conocer a algunos de los recién llegados.

   

Siempre nos quedará Irak

AFP - Últimas tropas de EEUU abandonan Irak

Una entrada paralela, por Níniel

Pues eso, quien no lo haya visto ya en los periódicos o por televisión (yo lo vi esta mañana en CNN).

El ejército estadounidense sale de Irak, en efecto, y tardarán poco. Recuerda la primera acción política de un señor llamado J.L. Rodríguez Zapatero, que supuso la primera retirada de tropas de un país poderoso de Irak, pues después le siguieron los ejércitos de Japón, por ejemplo. Recuerda, también, la decisión de cerrar la "institución penitenciaria" de Guantánamo. Son acciones controvertidas, necesarias y lentas, pero se están haciendo.

Ahora resalto este curioso fragmento con que acaba la noticia que Níniel y yo cedemos:


Pero el principal jefe militar de Irak, teniente general Babaker Zerbari, dijo a la AFP la semana pasada que probablemente se necesite la presencia de tropas estadounidenses por un periodo de tiempo más prolongado.
"El problema comenzará después de 2011 (...) el ejército de Estados Unidos debe quedarse hasta que el iraquí esté listo en 2020".

Y es que el ejército estadounidense es el responsable (no sé hasta qué punto se ha autoasignado o las autoridades iraquíes y su pueblo lo quiere) de entrenar las tropas iraquíes. Y resulta que este ejército iraquí no estará, según este señor, listo hasta 2020, ahí llevas.


Algunos dirían que esto lo dicen porque con el apadrinamiento de EEUU al ejército irakí no le faltarían ni palillos de dientes. Pero yo estoy por apostar que, pese a todo lo que creemos (y sabemos) acerca de los norteamericanos, su ignorancia, su falta de escrúpulos y voraz afán capitalista/imperialista, pese a todo eso, su ejército es el mejor y más avanzado del mundo, mientras que el irakí ha de ser construído desde cero.

Si no habéis entendido bien lo que quiero decir, ved esto:
Vídeo curioso incrustado en una página curiosa

Salut!

miércoles, 18 de agosto de 2010

Sablazos y Bendiciones

    Haz lo que quieras, el universo también lo hará.

    Hoy, por n-ésima vez en varios meses, una mano amiga me ha alzado de entre las sombras y me ha salvado, cuando menos, de varios días grises.
    Hoy, por n-ésima vez, alguien ha recibido un sablazo de las profundidades del azar.





    Mientras la probabilidad no sea igual a cero, el suceso no es imposible.
    Pero parece que, a veces, si la probabilidad no es igual a 0, el suceso es seguro.
    Y parece que, a veces, si la probabilidad no es igual a 1, el suceso es imposible.

    Hoy iba a escribir una entrada que entraría dentro del apartado 'El Páramo'. Al final, se ha truncado la idea, para bien y para mal.

Canto de Prometeo - VI

    Volvió a prestar atención a los apuntes. No lo hizo por sentirse culpable de haberlos abandonado ahí tanto tiempo, ni por la necesidad de reestudiar lo que pudiera servirle para el siguiente curso. Lo hizo impelido por el simple aburrimiento. Aunque no había agotado, con mucho, las enormes posibilidades de entretenimiento de la gran cantidad de películas que atesoraban, y de música y de libros, o el titánico reservorio de Internet, sentía que así era. Sonrió, divertido, por la expectativa de arrastrarse desesperado hacia esa extraña fuente de pasatiempos, como un drogadicto en busca de algo de inofensivo placebo.
    Al principio, los conceptos, los métodos y los lemas le parecían ajenos, como asimilados en otra época o por otra persona. Sólo poco a poco, cuando se obligó a repetir ejercicios de aquí o de allá en unos cuantos folios en blanco, pudo desempolvar sus recuerdos y todo el flujo de conocimientos fluyó de nuevo en forma de resultados coherentes, respuestas lógicas y números acertados. Pero sólo eran eso. Dados tales parámetros conocidos, queremos que nos des este o aquel parámetro desconocido. Siempre están relacionados de una forma invariable y conocida de antemano. Todos los problemas, en su conjunto, parecían repeticiones, parecían, en fin, variaciones o incluso instancias del mismo patrón universal de problema. Decidió que un buen problema a resolver sería, para empezar, hallar un buen problema a resolver.
    Animado, se puso de inmediato. Recurrió, además, a apuntes de años anteriores, para rellenar los huecos de un problema que al cabo de unos minutos apareció antes sus ojos como una bella y casi elegante afrenta a su capacidad de resolución. Mezclaba fácilmente los aspectos más rudos de la trigonometría y la física de la energía electromagnética con rasgos algo más sutiles del análisis diferencial. 
    Cuando logró resolverlo, añadió algunas dificultades más rápidamente. Incluyó en el ámbito del problema parámetros relacionados con la termodinámica y más tarde de mecánica ondulatoria. Cuando las brillantes ideas de extensiones del problema chocaron en su mente con la pobreza de sus herramientas matemáticas, paró de extender el ejercicio y volcó su interés por completo en otra asignatura. Metódicamente, repasó los fundamentos de cada materia hasta llegar a la conclusión de que ninguno de los abstractos que le enseñaban podría llevarle a resolver el galimatías que había trazado con el monstruoso problema. No importaba, ya podría resolverlo algún día.
    Durante aquellos días, dedicó probablemente varias horas en total a divagar en silencio acerca de la situación política. Aquellas reflexiones dieron su fruto en un texto en su blog que pronto se cuajó de comentarios y le hizo centrarse casi exclusivamente en los sutiles cambios en el mundo de la política, las engañosas idas y venidas de la 'economía fantasma', como dió en llamar a la economía que intentaba huir del materialismo histórico, de sus raíces en la tierra física. Por unos días, rondó sobre su cabeza la idea de que existía alguna cierta conexión, muy débil y latente conexión entre alguno de los problemas políticos que le traían de cabeza con el majestuoso problema científico, pero pronto deshechó la posibilidad con un meneo de cabeza y una sonrisa irónica. Dedicó también mucho tiempo a leer varias novelas de intriga del completo archivo de novelas que su casa mantenía. Invirtió también tiempo en ella, en la serena contemplación de la noche estrellada, que venía a ser lo mismo. Pero, sobre todo, por qué no decirlo, gastó muchísimo tiempo en no hacer absolutamente nada.

Canto de Prometeo - V

    -¿Qué vas a hacer al final?
    -Supongo que me quedaré en la residencia.
    No tenían ninguna prisa. Apenas contaba tres coches en cualquier momento en todo su campo de visión. Su padre conducía esta vez a menor velocidad de la habitual, sereno, tranquilo. Echó una mirada atrás, a la impresionante cantidad de bultos que había estado acumulando todo el curso. Dentro de sí, tenía más seguridad, mucha más, respecto a lo que quería hacer de lo que quería que se entreviese.
    -¿Cuántos se van a un piso?
    -Oh, bastantes. Pero la mayoría se quedan.
    -Bueno, no importa. Tú estás agusto, ¿verdad?
    -Desde luego que sí -respondió con una amplia sonrisa que su padre le devolvió. Cenaron a medio camino, ya tarde, en un restaurante de carretera, un bocadillo de lomo y volvieron a la carretera.
    Cuando dejó la última bolsa en el suelo, tuvo al fin la total certeza de que era cierto lo que oyó una vez, que ahora viviría en un estado permanente de añoranza, de extrañeza "cuando estés aquí, echarás de menos a los de allí y, cuando estés allí, echarás de menos a los de aquí". Qué pensamiento tan simple, pero qué determinante resultaba. Qué crucial en el curso que estaban tomando las cosas. Qué crucial en el lento desarrollo de una vida que podría alargarse hasta los mismos confines de la desesperación y la angustia. Dejó de preocuparse y se reconfortó al concentrarse en los que le rodeaban aquellos días, en compartir su felicidad y sus experiencias con aquellos que tuviese cerca y de la forma más sencilla y sincera.
    Pero sabía que no era éste el pensamiento que le reconfortó. Volvería a verla. Eso era lo importante, lo determinante, lo crucial.

    -¿Qué rollo te traes con ella? Más que amigos, ¿no? -preguntó, directa y suavemente.
    -No me gusta demasiado definirlo. Es... es extraño. Se podría decir que somos novios, pero no tenemos ningún compromiso ni nada que romper.
    -Lo dudo. Siempre hay algo que romper.
    -No, me refiero a...
    -Ya, ya, no importa.
    De nuevo una pausa. Los últimos meses, esas pausas le ponían un poco nervioso, tal vez por toda la carga de pensamientos que llevaban, mucho mayor, a veces, que las palabras que parecían hendirse como bastos cuchillos entre silencio y silencio. Su primo pareció olvidar el tema. Hizo algún comentario acerca de la escena que apareció ante ellos en ese momento y después sólo los gritos de guerra de la película inundaron el salón.
    -Sí, si quieres etiquetarlo de alguna manera convencional, estamos saliendo.
    -Vale. ¿Y os va bien?
    -Oh, genial.
    -A pesar de...
    -¿La distancia de ahora? -un asentimiento-. No, no demasiado. Tal vez sí -dejó aquí una brevísima pausa dramática- si fuésemos otro tipo de pareja. Nah, nos llamamos de vez en cuando y seguimos hablando como los primeros días.
    -Bien, tío, me alegro.
    Con una sonrisa, siguió mirando la película.
    Nada más sacar las pizzas del horno ya estaban cortándolas y repartiéndolas en dos platos. Mientras sacaba dos vasos y los llenaba de leche, su primo le confesó que no lo acababa de entender.
    -En realidad, casi nadie lo comprende, no me sorprende.
    -Para mí eso es poner los cuernos y punto. Yo no podría estar con una persona que me ha sido infiel.
    -A ver, para mí -comenzó a la vez que se sentaba a la mesa-, es más una cuestión de confianza. Normalmente se asocia la ruptura de esa confianza a los cuernos, pero nosotros creemos que eso es arbitrario, una gilipollez, porque si hoy ella tiene ganas de liarse con alguien o tirárselo, ¿para qué reprimirlo?
    -Porque está saliendo contigo, así de simple.
    -No, no es así de simple. Podría hacerlo tranquilamente porque sabe que confío en ella.
    -¿En qué confías?
    -En que me querrá a mí. En que me amará o como quieras. Es simplemente otro tipo de confianza. Piensa que hay parejas que se rompen por los cuernos pero no se rompen por el hecho de que no se quieran, de que se repulsen o hasta se odien. Es tan hipócrita...
    -Bueno, supongo que sí lo entiendo, pero no lo comparto.
    -Cada pareja es un mundo, ¿no?
    Cuando terminaron de cenar subieron a la habitación, donde hablaron hasta ver palidecer el cielo veraniego.

    -¿Ves lo que te digo? -dijo Mariana, entre extasiada y atosigada-. A ella le aporta mucho porque ahora puede estar hablando durante horas de medicina, de los casos que ha conocido, de anécdotas...
    -No es tan importante, en realidad, son solo eso, anécdotas... -intentó responder la aludida.
    -Y a ti seguro que también te aporta mucho lo que estudias, puedes aportarlo a las conversaciones y enriquecer mucho. Y a ti también.
    -No, lo cierto es que no -dijo él con una breve risa amarga. En una breve mirada, repasó todo lo que había aprendido esos meses, estrictamente en el campo de sus estudios. Muy poco se podía salvar-. Todo es tan técnico y tan inútil.
    Después la conversación derivó en la materia que sí que podría aportar buen material, las asignaturas de sociología, de filosofía. De ahí la conversación fue fluyendo hasta perder lentamente toda solución de continuidad. Pero, en su cabeza, había comenzado a germinar una idea.
    Aprovechó la vehemencia de su madre por que quitara de en medio aquellos bultos para sacar todos los apuntes que había ido tomando todos esos meses. Dejó la pila sobre la mesa y comenzó apenas a hojear los primeros folios de una asignatura al azar. Nada interesante, nada relevante, nada reseñable. Aquí y allá, recuadros pulcramente delineados señalaban ideas, conceptos y fórmulas importantes. Se iba a sentar para revisarlos con mayor comodidad cuando sonó el teléfono en el otro lado de la casa. Dejó los papeles en el mismo estado en que permanecerían varias semanas más. El aparato la resucitó con toda su fuerza y toda su vida. Con alegría, su voz aterciopelada e incluso algo grave le saludó desde el otro lado de la línea.

Canto de Prometeo - IV

     -¿Cómo puedes vivir así? -le preguntó, entrecerrando los ojos levemente maquillados desde su cómo asiento en la cama.
     Él sacudió la cabeza, aturdido. Habían pasado varios minutos en silencio, cabizbajos, como asimilando lo que habían hablado. Él había insistido una y otra vez en la imborrable marca del egoísmo, la crueldad y la maldad que sacude a todos los hombres, mientras ella callaba y, finalmente, aguardaba durante su búsqueda de razonamientos.
    -¿Cómo?
    -Cómo puedes vivir sabiendo que las siete mil millones de almas que te rodean son malvadas por naturaleza. Crees que si no te hacen daño es porque creen conocer una manera de que tu existencia les beneficie. Pasaré por alto los remordimientos, la moral, el altruismo, todo. Pero, ¿por qué creer eso? De forma natural, no tendemos hacia el bien ni hacia el mal. Salvajes, seguiríamos el curso de la naturaleza, y para la naturaleza no hay bien ni mal, ¿no?
    -Sí, el buen salvaje, el niño feral, por supuesto. No tienden hacia el mal sencillamente porque no conocen a otras personas. Cuanto más contacto con las personas, más probabilidad de desarrollar su egoísmo y su ira.
    -¿No sería así también para la bondad, la compasión?
    -¿Y en qué manera no están relacionadas con la elevación de la persona, con el reconocimiento social que aportan los buenos actos, más que el hacer bien?
    -Arg, eres demasiado ácido.
    -Pero creo que...
    -No, deja que te diga algo. Queda bien pensar todo eso, ser tan pesimista, por supuesto -calló unos segundos, miró al techo entornando los ojos y volvió a mirarle-. ¿Pero no crees que piensas distinto de los que hay ahí fuera que de los que te rodean? ¿Crees también que Edu, o Carlos, o Ana, o yo, te haremos daño, somos malignos y Hitlers potenciales?
    -¡Tal vez! ¡Tal vez! -dijo él, riendo a carcajadas-. Quién sabe, cuando Edu termine políticas, en qué tipo de monstruo se convertirá.
    -Es lo que te digo, no hablas en serio porque no lo crees.
    -No, no hablo en serio porque no os conozco, pero me conozco muy bien a mí.
    -Entonces, ¿generalizas a partir de ti?
    -Puede ser, ¿quién no lo hace?
    -Pero, ¿qué piensas de ti? ¿te crees amoral? ¿depravado? ¿pedófilo, asesino quizás?
    -No, supongo que nada de eso. Pero dañino tal vez, en cierto modo.
    -¿Me harás daño? -preguntó Clío, abriendo sus ojos enormes y húmedos a la vez que se adelantaba sobre la mesa.
    -Tal vez, tal vez -susurró, acercándose a ella, acercándose a su boca abierta, a sus labios rojos.
    Un instante de paz, de silencio absoluto, de tenue luz blanca, de aroma de incienso, de pelo negro y mirada intensa y sostenida.
    -Fóllame -dijo Clío con un hilo de voz.

    -Por ejemplo, este té.
    -No me jodas. Es sólo una taza de té barato.
    -No, no, no, no -rió ella-. ¡Es mucho más que eso!
    Estaban ahora sentados a una mesa de su cafetería predilecta. Sillas y mesas y estanterías de madera oscura, varios pianos de pared y alguno de cola, jazz melancólico y ligero sonaba a todas horas. Siempre había sitio libre a esas horas, siempre había algo nuevo que pedir. El té y el café lanzaban sus pequeñas volutas de humo e iban a perderse entre los pesados volúmenes de una enciclopedia de filosofía de la estantería de al lado.
    -Tú haces que sea mucho más. Tus ojos, tus manos, tu pelo. Todos esos libros. Las parejas del fondo, detrás de mí, el camarero que, cuando no tiene otra cosa que hacer, hunde la nariz en 'El Crepúsculo de los Ídolos'. Por todo eso, este té se ha convertido ahora para mí en un símbolo.
    -En un símbolo de todo lo demás...
    -Exacto, incluído el té mismo. No está tan malo...
    Él asintió y dejó viajar su mirada desde los libros hasta las lámparas, después al viejo violín, a la gramola y finalmente al su cuello pálido y pulsante. Su escote sinuoso y su barbilla dura.
    -¿Cómo llamas tú a todo esto? -dijo de pronto Clío.
    -¿Perdón?
    -Yo llamo a todo esto Earl Grey. ¿Cómo lo llamas tú?
    -Ah, esto... -miró ahora, durante un segundo apenas, su taza de café solo, humeante y burbujeante. No lo dudó en absoluta, tan solo buscaba la tonalidad adecuada. Volvió a mirarla-. Felicidad.

lunes, 16 de agosto de 2010

Canto de Prometeo - III

    Como a través de la densa agua marina, el sonido se hundió en el abismo sin nombre de los sueños. Cuando volvió a sonar el despertador, no se arriesgó a cerrar los ojos de nuevo. A oscuras, se vistió y salió afuera. La tardía noche helada le azotó, con su humedad y su rocío gélido. Poco después, el café negro le quemó el esófago bajo las enfermizas luces fluorescentes y poco más tarde la tostada se alió con la bebida para comenzar un diabólico baile en sus entrañas que, de no ser por su somnolencia, le habría hecho retorcerse. Todo parecía que aquella mañana iba a ser un poco más genial que el resto. Cuando salió de la cafetería, la mañana asomaba por encima de la colina en que se asentaba el campus. El frío, igual que antes, parecía ahora menos intenso por la creciente luz. En el camino a la entrada de su bloque, revisó mentalmente todo lo que tendría que hacer ese día. Se había quedado sin leche. Pensaba que no merecía la pena salir exclusivamente para comprar leche, que se esperaría a que, por lo menos, se le gastara el arroz, cuando vio abrirse la puerta a apenas unos metros ante él.

    Clío.
    Se llamaba Clío. Apenas un saludo. Poco después, algún otro saludo. Y, algún día, sin saber cómo, ya habían hablado tanto que no podía recordar cuánto. Ella venía de lejos, de bastante lejos. Había venido para estudiar Historia, por la que había sentido pasión desde que tenía uso de razón. Su familia se distribuía a partes igualas entre su pequeña ciudad y una región apartada de Francia. Aprendió rápidamente, de ella, que le gustaba el café con leche y algo de azúcar, pues las visitas a diferentes cafés de la ciudad se hicieron maravillosamente comunes. Aprendió, de ella, que le gustaba el ron y no soportaba prácticamente ningún otro licor aparte del ocasional vodka, pues varias fueron las veces que volvieron a la residencia tambaleándose y tarareando himnos anarquistas o canciones infantiles. Aprendió, de ella, también, que conocía aún mejor la música clásica y sus autores o la profunda genuinidad de diferentes grupos clásicos del siglo pasado que el cáustico metal que acostumbraba escuchar cada día. Aprendió, de ella, que no tenía por favorita ninguna postura, pues tuvieron tiempo de probar infinidad de variantes en las frías noches invernales y sus cortas tardes. Aprendió, de ella, sus variadas y bien desarrolladas opiniones acerca del amor, del placer, del dolor, del odio, de la vida y de la muerte.
    Lo que no tuvo que aprender, fue el amarla.
    Todos los anteriores años, decía, parecían una antesala para aquel primer año de su nueva vida. Le parecía que todo lo que había aprendido era una preparación para aquella experiencia, que todo lo que había vivido era poco más que un prólogo para lo que había comenzado. Había estado vagando, explicaba, entre diferentes corrientes, entre diversas formas de ver la vida, de disfrutarla, de vestirse, de expresarse, de pensar. Pero tan pronto como hubo llegado allí, su personalidad pareció haber prendido como una mecha, haciendo que todas sus vivencias germinaran. También él sentía algo parecido, pero sentía también que su propia personalidad palidecía ante la completa complejidad y elegancia que emanaba de ella.
    Admiró, al principio, lo que de ella podía conocer. Tenía un cabello negro, fino pero fuerte, que caía lacio sobre su espalda y hombros, unos hombros erguidos, tan suaves como firmes. Tenía insinuadas pecas que rodeaban su nariz pequeña y angulosa y unos pómulos altos y elegantes. Su piel profundamente blanca no necesitaba el maquillaje que muchas otras góticas habrían necesitado, y las curvas de su cintura estrecha y pechos no necesitaban corsé para quitar el aliento. Era tan alta como él, tal vez algo más y una constitución proporcionada. Su belleza sólo tenía una imperfección en una profunda cicatriz a lo largo de su antebrazo izquierdo, en la impactante y torva expresión que la sacudía durante unos instantes cuando unos planes meticulosamente construidos se desbaratan y una marcada tendencia a encorvarse en sus momentos de reflexión. En su estilo de vestir mezclaba con ingenio toda la sensualidad y la sobriedad del goticismo más clásico con la comodidad de muchas prendas más comunes que lograban no desencajar en el conjunto dominado por faldas oscuras o de motivos escoceses, medias, corsés, chaquetas, jerseys y más ropa de la que su mente totalmente negada para el análisis de la ropa podía discernir.

Canto de Prometeo - II

    Le llegaron primero, con una milésima de segundo como diferencia, las sensaciones. Ilusión, anhelo,  esperanza, deseo. Después, los recuerdos volvieron a fluir dolorosa y suavemente.
     A los pocos días ya se había forjado una rutina inamovible que tardó poco en hacerle perder la cuenta del paso de los días. La sensación de extrañeza y una cálida soledad se sustituyeron progresivamente por un gran entramado de relaciones curiosas y una comodidad creciente. De cada una de las personas con las que cruzaba unas palabras, aprendía rápidamente todo lo que podía. Había conocido ya a la mitad de los residentes cuando, como era costumbre en él, comenzó a cerrar su propio círculo de poderosa influencia en una docena de personas y finalmente a apenas media docena. De cada día podía exprimir una fracción de ese reservorio de ideas y opiniones que suponía el verdadero espíritu universitario. De cada conversación, desde la más trivial hasta la más profunda, sonscaba información de sus compañeros que, sabía, ni siquiera sus familiares podrían imaginar.
    La residencia le otorgaba la posibilidad de encontrar fácilmente la compañía de cualquiera, tanto como le brindaba la oportunidad de guardarse su propio tiempo, su 'retiro espiritual'. Aprovechaba los momentos de soledad, durante el desayuno cuando, solo, acudía a destrozarse el estómago con el café de torrefacto (radiactivo, lo llamaban algunos) que se servía él mismo. Con la misma intensidad disfrutaba con puras carcajadas las horas de compañía, las de estudio y las de clase.
    A las pocas semanas, la rutina que le afianzó a la residencia dio paso a lo que gustaba en llamar su nuevo modo de vida, o la vida bohemia universitaria. En sus salidas a las zonas más bohemias de la ciudad, se encontraba con compañeros con los que daba rienda suelta a unas conversaciones que no conocían límites en su temática ni extensión. Conociendo cada día mejor la animada ciudad, las diferencias entre los distintos barrios, la forma de pensar de sus habitantes, los mejores 'centros de aprovisionamiento' y anotando mentalmente los mejores pubs y cafés, empezó a caer en la cuenta del sutil cambio que se había producido en las relaciones con algunos de sus compañeros. Ya no tenía sentido pensar en ellos como compañeros, colegas o tíos o 'residentes fantasma'. Algunos de ellos, simplemente, habían pasado a ser amigos. Y no cualquier género de amigos, intuía.
    A partir de ese punto, previó cómo seguiría el resto del curso, cómo la desgana y la apatía se turnarían con el ánimo y la actividad cíclicamente mientras la firme sensación de futura añoranza crecía respecto a los que se irían y jamás volverían. Previó eso y también previó los suspensos y los aprobados que efectivamente llegaron. Pero en sus previsiones no aparecía ella.

A las vuesas mercedes

    Una entrada necesaria y poco importante. Os aconsejo que 'sigáis' el resto de blogs de la Escuela para poder acceder mucho más fácilmente al nuevo material. Y aquí un seguramente apreciado consejo:

    Desde el escritorio, id al apartado de 'configuración' de vuestro blog. De ahí, a la pestaña 'comentarios'. Id abajo del todo. El tercer parámetro desde abajo deberá de ser "¿Mostrar verificación de la palabra para comentarios?". Pues bien, os recomiendo encarecidamente que seleccionéis "NO" y guardéis. Dudo que vengan muchos bots a firmar nuestros blogs con ofertas de viagra y mientras no lo hagan, comentar vuestros blogs será un poco más fácil (sobre todo, tendrá menos "me cago en dios, puto captcha de los cojones").

Salut!

domingo, 15 de agosto de 2010

Canto de Prometeo - I

    Cuando vio desaparecer la carrocería plateada en la curva, se volvió. Viernes trece. No significa nada, se dijo. Permaneció varios segundos, atónito, sin terminar de creerse su situación. Meneó la cabeza y entró en la residencia, utilizando por primera vez la llave que le habían dado hacía apenas un cuarto de hora. De vuelta en su habitación, siguió ordenando y desempacando cachivaches, organizándolos en orden de utilidad y tamaño, hasta que, hastiado, se echó en la cama.
    Al tirarse a la cama, una ordenada pila de folios que había puesto en un extremo calló al suelo, desparramándose. Empezaba a recogerlos cuando llamaron a la puerta con contundencia y no había terminado de levantarse cuando unas voces se alejaron, por el pasillo. Cuando se asomó ya se habían ido. Desde otros pasillos, oía las mismas vivas voces y más llamadas a otras puertas. Dos muchachos se habían asomado también. Los saludó. Uno de ellos, de total aspecto de extranjero y el otro proveniente de su misma tierra. Le cayeron bien nada más cruzar varias frases.
    Al volver a su habitación hizo caso omiso del desorden y de las sábanas dobladas en un rincón, se tumbó y no se molestó en apagar la luz antes de cerrar los ojos.

Canto de Prometeo - 0

    ¡Oh fuente! ¡Oh llama de la Vida! Perdóname si la emoción me ha hecho enmudecer; tú que eres camino de libertad, permite que en tu presencia incline esta rodilla, nunca doblegada. Tú sola eres, en mí, señora y autoridad; por tí, ¡oh única diosa! he olvidado la majestad austera de mi orgullo.

    "Canto de Prometeo delante de la llama de la vida" - J.Pijoan


     La larga melena negra caía sobre los hombros como una cortina de seda, de noche. La piel nívea, apenas moteada de pecas en mejillas y nariz, corría a ocultarse entre los pliegues de una falda rígida y un escote sinuoso. Los labios rojos, que parecían conspirar junto a los oscuros ojos para encumbrar las curvas de su cuello desnudo. Todo esto cargaba la nítida imagen que se alzó, desde el suelo, para atormentar su sombrío corazón.
    Alargó una mano hacia esa belleza rebosante, ese anhelo contenido en un suspiro. Desapareció y fue como si nunca hubiese estado ahí. Mantuvo su mano allí, flotando en el helado vacío, cargándose de temblores y pánico, hasta que la debilidad la hizo caer.
    Su conciencia duró más de lo que dijeron más tarde los médicos. Segundos, apenas. Pero unos segundos durante los que su mente en pleno decaimiento total recorrió todos sus recuerdos, con todo su dolor y placer.

Ahora (al manso cínico)

Martillazos del dios del trueno en una campana de oro, sobre una torre de cristal.
Sombras ígneas, irisadas, que arrancan de la espira los destellos de la ira extática del tiempo.
Ha llegado el Ahora.
Ha llegado el Ahora y las nubes negras desaparecen con un estruendo y la luz inunda nuestras cuencas sorprendidas.
Si él para, sube tú. Sube hasta lo alto de la maligna espira vítrea y revienta el artefacto,
arráncale los más fatídicos y brillantes tañidos de pulsos áureos, porque ha llegado el Ahora.
Disfruta el estruendo, aliméntate de esa certidumbre, de la única certidumbre entre un océano intangible
e inconmensurable de caos.
Saborea los destellos del ónix frío que cubre el universo, hunde tus manos en esa seguridad, sácalas y bebe del zumo de las Hespérides.
Ha llegado el Ahora, 'Carpe Diem', si sabes lo que te conviene.

"En este hálito frío,
desde la escarcha,
dice la lombriz:
'Decrepitud y tiempo,
todo es mío.' "

Mira arriba, observa los astros arder con su ira incandescente, con su escéptico y nihilista relumbrar,
rugiendo mientras ejecutan su salto hacia la muerte térmica, mientras su decrepitud los anega.
Observa tu cuerpo, contempla cómo te pudres sin remedio, cómo tu cerebro decae como un imperio agonizante,
como una ciudad de angostas calles negras y olvidadas.
Observa todo esto y observa después esos ojos, ese pelo, esa piel que a mí me dio la vida y que ahora te la dan a ti.
Bebe de ella, sé un vampiro preternatural y absorve de ella la belleza intrínseca de la materia y de la existencia.
Ahora, tu conciencia no existe, existe vuestra conciencia, un estado de existencia superior, más alto y frágil.
Conoce ahora todo lo que no podías conocer antes, la muerte fría, la dolorosa vida, el cáustico nihilismo, la frágil civilización de los niños náufragos.
Respira, bebe un vaso de agua y siente cómo te llena de vida el gas y el líquido.
Bésala y acaríciala y siente cómo su tacto te llena de un estado tanto más superior a toda tu existencia anterior,
en tanto que ahora existes como nunca antes lo has hecho, porque mientras lees esto, existes Ahora.

Hazlo por mí o por ella o por ti o por el Absoluto Vacuum que nos espera tras la muerte y entre las estrellas muertas:
Vive el Ahora.

viernes, 13 de agosto de 2010

"La Escuela de Bohemia"

Un árbol. Un gran árbol cuya copa acaricia las nubes grises. Tronco fuerte, inabarcable. Ramas que se extienden como rayos y gruesas como columnas. Fue plantado hace años, es joven, pero su crecimiento, su fortalecimiento y su robusta salud hace honor a su dueño. Allí reside, en una morada construida en el seno de su pulsante corazón verde. -A Níniel.

Una mansión. Una mansión de fría y reconfortante oscuridad. Un pozo de negrura que guarece un pasado polvoriento y olvidado. Espacios de formas difusas inundados por los amortiguados martillazos de un piano agonizante. -A Wilhelm

Una utopía. Una utopía que no lo es y que, por supuesto, es todo lo que podemos esperar de una utopía. Una realidad perfecta en su imperfección. Un impulso a dar todo lo mejor que tenemos en nuestro interior. Un sueño que se hace realidad con la pura fuerza de un altruismo todopoderoso. -A Helikovirina

Una taza humeante, que rebosa de un calor, sabor y aroma cálidos que se mezclan con el humo. El humo decadente que marca el inicio de una nueva vida y la muerte de una carga de recuerdos letales que pesan como la pila de libros que empaña con su olor. -A Alestra

Un aro de metal al rojo vivo, medio fundido. El aro de una serpiente que se muerde la cola. El Todo que se colapsa sobre sí mismo, que conforma el bucle en que inicio y fin se solapan. El Ouroboros que yace más allá del frío espacio, más allá de la negra soledad del abismo y su corazón de tinieblas. -A Spiwy

Siente, también, esa conexión. La conexión que dura apenas un instante, una fracción infinitesimal de segundo que se extiende hasta el infinito. Una eternidad durante la cual todo encaja. Considera esto, que toda mente sigue el ritmo de una inextricable onda que se tiende sobre la realidad como una sábana sobre el firmamento. Ahora, considera que distintas mentes, con distintos pensamientos pulsantes, pudiesen encontrar un resquicio en esa barrera impenetrable. Que durante un instante varias de estas ondas compartan una afinidad absoluta. Los pensamientos entran en resonancia y toda la realidad parece bailar al ritmo de este corazón pulsante. -A Alchemyca
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El árbol, la mansión, la utopía, el uroboros, el humo decadente, la ondulante conexión mental. Por todo esto merece la pena lo que estoy escribiendo.

La fortaleza interna, inconmensurable, de Lina. Su visión penetrante y analítica que no resta potencia a su carisma y la emotiva narración del mundo que cada una de sus palabras transmite.

 La profunda melodía del ser libre, que al otear el horizonte no ve más obstáculos que los límites naturales de la imaginación. Esa genialidad de Guille que construye a su alrededor la gloria inmortal y perfecta que honra sin mentir a la imperfecta y sucia realidad.

La intensa y sincera mano de Elvira. Su magnífico e impetuoso tacto que alza con determinación y fuerza al que se ha perdido entre las sombras. Su milagrosa perseverancia en la bondad y la inteligente decisión de consagrar una vida a un fin que es realizable en la medida en que personas como ella existan.

La entrega, la grandiosa entrega incondicional que representa la profunda esperanza que se agita en su interior cuando conoce a otra persona, o la inmensa satisfacción que la inunda al sentirse bien acompañada. Un bienestar que inocula en los demás como el más nefasto virus, Rebeca ilumina con su genialidad y su reconfortante confianza una amistad que no conoce prejuicios.

El aprendizaje que supone cada segundo de conversación, cada palabra y cada genuino concepto, ya flote durante un instante o durante horas. El conocimiento cada vez mayor y la profundización en un árbol de posibilidades que se adentra en una personalidad que no decepciona. Un aprendizaje, en definitiva, que te lleva a conocer tanto más a Álex como a ti mismo.

Los sueños que la alimentan. Las imágenes y sensaciones que tan bien sabe imbuir en los que la rodean. Elegancia y una periférica visión racional que se añaden a una conversación que fluye y se extiende. Y son las conversaciones lo que realzo de Lorena, pues en ellas parece poner todo su intelecto y genial imaginación.

"La vasta tranquilidad, el pausado andar por la vida de Rafa transmiten más paz que diez millones de piezas de música clásica. Su extraña y propia visión del mundo, tan enriquecedora, nos lo presenta como un lugar lleno de secretos. Él es capaz de encontrar metáforas imposibles e imágenes exóticas y muy tentadoras. Ha enseñado a su mente a girar en una órbita diferente a la del resto de la humanidad, porque él en sí es diferente al resto de la humanidad. Y es el fundador de la Escuela de Bohemia. "

((Y cuántas veces utilizo el adjetivo 'genial'))



Con todo esto, señorinas y señorres, les quiero decir. Hay algo que nos une a todos nosotros (bueno, aparte del hecho de que todos me conocéis a mí y no todos entre vosotros, pero eso se puede arreglar) y es esa genialidad, esa tendencia bestial que nos arranca un poco de estos tiempos y con nuestro empeño nos lanza un poco más allá, a una época atemporal, colapsada por todo lo que podemos hacer, decir, crear, entre todos.

Les invito a fundar 'La Escuela de Bohemia' para hacer justa honra a todas estas conexiones GENIALES. Para darle más sentido aún a toda esta enfermedad mental, nigromántica y bohemia pero, sobre todo, Genial.

martes, 10 de agosto de 2010

Gebrechlichkeit I

Amanece. Con las gafas puestas y buena compañía, salgo del bloque. '¿Qué quiereh?' Media, sola. Dos vasos. En uno, café y leche caliente. Dos servilletas. Dos magdalenas. Un sobre de azúcar. Tomate para la tostada. Termino de desayunar, guardo una magdalena o dos con la servilleta. Vuelvo a la habitación. Pinkfloyd. O Coldplay. Las últimas semanas, Burzum. Amanecía con Gebrechlichkeit. Y es curioso, no deja de ser irónico, porque Gebrechlichkeit significa Decrepitud. Y con ese hálito frío el sol blanquecino me recibía cada mañana. Es la hora de dormir. ¿Comer? Los últimos días ni se me pasa por la cabeza la idea de darme prisa para llegar a comer. Ya comeré algo. O no. Hace calor. Ventana abierta y persiana bajada. Una cortina tachonada de pilot y de sombras juguetea con la poca luz que atraviesa las rendijas de la persiana. Fuera, en el pasillo, ruido, puertas, conversaciones, día tras día tras día. Cuando salgo, en un instante me siento inmerso en el abrazo cálido de tanta palabra, de tanta risa, de tanta complicidad... Cuando no salgo, las sombras de los rincones atenazan mi voluntad de hacer algo. No solo no me muevo de la cama. No puedo ni quiero hacerlo. 'Lonesome town' es una buena canción, pero me recuerda demasiado. Demasiado. Es mejor 'Is there anybody out there?', muchísimo mejor. Una y otra vez, una y otra vez, Pink intenta alzar su voz por encima del gélido aire que rodea las alturas de su muro. Si hay una respuesta, no llega. ¿Y de cenar? Ramen. O arroz. La variable es el atún y las salchichas y el queso. Tal vez haya alguna magdalena y, con suerte, una manzana. El teléfono en un rincón, acumulando posibilidades como las palabras se acumulan en la boca de un moribundo. O, más aún, en la del que le asiste en sus silenciosas últimas horas. 4312, 5205, 5206, 4302, 4202, 4410, 2407. Me equivoqué. Me equivoqué en muchas cosas, perdí muchísimas cosas. Pero tenía la esperanza de no errar en esto y de no perderlo. Era algo muy sencillo, pero muy determinante. Un palestino, que me regaló una mañana mientras bajábamos al instituto. Una mañana fría, como ha de ser. Y me lo regaló. Durante semanas olía a ella. Durante semanas ERA de ella aun en mi cuello. El otro palestino. El que me regaló en la plaza de la Constitución. El que hacía de bulto en mis manos mientras ella se alejaba de mí con doloridos pasos y hablaba con Jonathan. Y el manantial de recuerdos que asocia a ese palestino. Cómo lloró ella cuando me lo dijo. Cómo lloré yo poco después. La amarga noche. La amarga mañana. La amarga tarde. Esa vez sí lloré. La siguiente, no. O al menos tardé bastante más en hacerlo, porque tardé bastante más en asimilarlo o, tal vez, porque mi subconsciente sabía que aún no me había hecho todo lo que me tenía que hacer. El reloj. El reloj de bolsillo de Enclave. El que no tenía pila. El que, una vez con pila, se atrasaba con una velocidad sorprendente. Tal vez se haya parado ya. O tal vez esté ajustado a la rotación de un lejano mundo. El reloj que, rápidamente, fue perdiendo su cobertura dorada. Un reloj decadente. Un reloj maravilloso. Una baratija colgada en el flexo. Sistemáticamente, varias veces al día, lo abría y comparaba las horas. A veces lo adelantaba, a veces no. Los dibujos, las fotos, las cartas, para qué mencionarlo. El Anillo. Sí, con mayúsculas. Tanto tardé en quitármelo... Aquel día, se lo había quitado. Al regalarle la chapa del Árbol de la Vida me fijé. Callé y callé a mi pensamiento también. Silencié la evidencia. El anillo que, muchas veces al día, me quitaba y volvía a poner. Con los dedos de una mano, recorría su superficie interior, buscando el grabado y, por fuera, la pequeña muesca que le hicieron al grabarlo. El anillo que, con más fuerza que el buril, tenía grabadas esperanzas, temores, dudas, voluntad. A partir de ese día, todo lo que significaba desapareció. No me extrañaría, ahora, volver a mirar, entre los dos palestinos, encontrar el reloj y, en su cadena, no encontrar ningún anillo (porque, en la medida en que el anillo representaba lo que representaba, no existe ahora, ¿no?). Aquella noche me lo volví a poner. Pese a las muchas horas sin dormir, si no lo hubiese hecho no habría podido conciliar el sueño en muchas horas, con lo que ello conllevaba. Escuchar Pink Floyd no puede ser tan malo, ¿no? Un poco de The Dark Side of The Moon. Venga, de hecho, vamos a imaginar que arrojo el anillo hacia arriba nada más empezar Shine on you. Y sube, y sube, y sube surcando nubes y finalmente el vacío. Y sigue alejándose, huyendo de estos astros. Y regresa, a una velocidad aún mayor. Y, en el punto álgido de la canción, cae de nuevo a mis manos. Simplemente, insoportable. Sentí todo el peso del anillo como no lo había sentido jamás, aun sin llevarlo encima. Porque sentí que todo se me venía encima. Su piel, más suave que ninguna que mis dedos hayan jamás rozado. Su humedad, más incitante que, bueno, que ninguna que pueda imaginar. Sus labios, suaves, pequeños, erizados en su anhelante apremio. Los ojos, entrecerrados y suspirantes. El cuello, blanco. El escote, obscenamente genial. Su risa iluminaba como los destellos de una campana de cristal. Su voz, cuanto más meditada, más lenta, suave, baja, como los susurros de las hojas de otoño. Todo eso sentí. Y lloré, por supuesto, porque tenía que hacerlo y no lo había hecho desde que me dejó. Nada. Todo lo que había sentido hasta entonces no era nada comparado con lo que se me vino encima en ese momento y perduró algunas semanas. Sentí la fuerza de lo que sentía como algo que me podría convertir en alguien por completo diferente lo que conocía, o sacar de mí aspectos que jamás conocería de otra forma. Una fuerza transformadora. Era una oportunidad, lo sabía. Podía sufrir y hundirme en la mierda. Podía reírme más de todo y convertirme en un cínico, en un bastardo emperador de los sarcasmos negros. Podía encontrarle un sentido estético, o socialmente estético, o estéticamente social, a todo ese dolor. Aprovecharlo, alimentarlo hasta que no me hiciese efecto y vivir de él bajo la máscara de un hijo de la gran puta o de un emo depresivo. Podía aprender rápida y efectivamente de todo eso y convertir la experiencia en una persona más completa, autosuficiente, perfeccionada. Bien, pues no sé lo que hice. Pero sé lo que pasó. Fueron principalmente tres hechos. Grandes, inconcebiblemente grandiosos. No en orden cronológico ni de importancia: en primer lugar, Álex. Sus palabras. Sus pocas, breves, palabras. Justas, precisas. Las que tenía que pronunciar, desde lo alto, no como un padre, ni como un maestro, sino como un igual. Aún no sé cómo agradecérselo. En segundo lugar, el piso. Ese magnífico, jodidamente genial, piso. En cuanto cruzamos la puerta y nadie nos miraba, los tres nos miramos y sonreímos y las palabras de emoción se nos ahogaron en la garganta. Cambio. Un cambio poderoso y esperanzador como pocos. Y en tercer lugar... el orgasmo cósmico. O, más bien, su descubrimiento. Una parada en el estudio de FLP. Salgo, tomo un café, me compro algo de chicha. Vuelvo y termino con todo, que no queda casi nada. Salgo, de hecho, doy una vuelta. Me encuentro con un tablón. Me suena. Claro, Lorena consultó algo en ese tablón. Sigo adelante, bajo unas escaleras. La cafetería está cerrando, joder. Subo. Miro otra vez el tablón. Hum, arte egipcio. Sonrío. Cuento monedas. Me sobra. Entro, le digo el número y me llevo los apuntes. De vuelta al enorme corredor, saco un café de la máquina y una guarrería genérica de la máquina de al lado. Me siento. A un lado los apuntes y en las manos el ardiente vaso de plástico. Y entonces lo veo. Veo las motas de polvo cayendo y alzándose. Parecen partículas doradas, casi los pequeños cúmulos de moléculas de una nebulosa antes de contraerse y colapsar. El movimiento browniano las agita, las conmueve, las estrella entre sí a cámara lenta y las arrastra de un lado a otro del haz invisible que les arranca esos destellos. Miro a mi alrededor. El corredor, monstruoso. A lo lejos, las estatuas. Enfrente, la biblioteca, con sus miles y miles de libros que ansío devorar. Sigo bebiendo café. Orgasmo cósmico, te encontré. Si no termina aquí la decrepitud, tal vez sea, justamente aquí, donde empiece. Pero tengo claro que siempre andará conmigo, iremos de la mano. Porque el orgasmo cósmico depende de ella para subsistir. Esas motas de polvo eran pequeñas partículas desprendidas de la escayola de las estatuas, de la pintura de las paredes, del cobre de las tuberías, de la piel de los mortales... y me dieron la vida. Tal vez Gebrechlichkeit me dé la vida también. Y así, en tan poco tiempo, conseguí emprender el tortuoso camino que separaba esa nefasta dependencia de la también fatídica dependencia que estoy desarrollando ahora. Pero es completamente distinto. Ahora estoy intentando encontrar la fuente en algo distinto. En todo lo que hay fuera y en todo lo que hay en mí. Me quedo con la sensación, negra, fatal, maravillosa y genial, de que esa fuente podrías ser tú. Por entero tú. De que tú podrías ser el origen y el fin, de que serías tú el vibrante anillo de oro al rojo vivo. El Ouroboros del que coger toda la energía que me falta para vivir. Pero me has convencido bien de que no lo eres. Me lo creo. No importa, ya he encontrado otras fuentes. Sólo puedo esperar que todos vosotros lo hagáis también.