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Sólo estamos buscando al Hombre.
No necesitamos otros mundos. Necesitamos espejos.
No sabemos qué hacer con los otros mundos.
Un sólo mundo, el nuestro, nos es suficiente; pero no podemos aceptarlo tal y como es.
Solaris ~ Stanisłav Lem

jueves, 16 de febrero de 2012

De Dragones y Mazmorras...

  A veces resulta que sí es como en las películas. Bueno, no exactamente...
  Sobrevivir a una relación es una trilogía, qué digo, una heptalogía de cruentas aventuras. Por el honor del caballero, por la belleza y genio de la dama... se sacrifican legiones de valerosos guerreros, se masacran hordas de horrendos enemigos. Se asesinan emperadores, se fundan naciones. El héroe monta su blanco corcel y dirige la punta de acero de su lanza a la barriga de algún sanguinario dragón de humeantes fauces. La relumbrante espada nominada hiende las tripas del orco; los pesados pasos se adentran en el desierto ignoto que precede el hallazgo de la reliquia que salvará a esa persona por la que sangran todas las heridas...
  Sólo que todas estas bestias aúllan en nuestro interior. Todas estas luchas se libran en el silencio de la duda, en el fragor de las discusiones o en prácticamente cualquier momento poco apropiado para ponerse a pensar en ello. Desde el rencor y la duda hasta la pasión y la vergüenza, pasando por el temor y el reproche, ni una sola de las miles de sagas que el hombre ha escrito pueden esbozar siquiera el tumultuoso sangrar continuo que todo esto supone.
  Un sacrificio del yo al templo del tú y la consecuente petición tácita, discorde y justa. Toda relación de causalidad puede romperse, toda lógica puede desmoronarse, toda conversación, amargarse; cada sentimiento, distorsionarse de la forma más insospechada y frustrante. Los silencios pueden volverse gritos y viceversa, los reproches y los deseos y los sacrificios se entremezclan de la forma más cruel...
  No hay Tribunal de los Derechos Humanos con jurisdicción sobre esta guerra de la locura.
  No hay alma sobre la tierra, ni la habrá, que sea capaz de hacer descripción certera de por qué, pese a todo esto, esta masacre infinita resulta ser la creación más bella de la psique humana. Y presumiblemente lo será mientras el hombre sea hombre.

domingo, 5 de febrero de 2012

A propósito de AusDerWelt-0

  En tres o cuatro trozos de papel repartidos entre Granada y Jaén tengo apuntadas las mismas fechas, los mismos acontecimientos. Hasta Enero de este año, todas las fechas parecían desorbitadamente lejanas, bien, ahora una no. Iba a pasar algo en esta fecha según esa pequeña lista cronológica, algo que, técnicamente, aún podría pasar. Este pobre eje cronológico me sirve aún como guía y chuleta para la ordenación mental del más grande proyecto con que me puedo atrever a soñar, Ouroboros.
  Qué mejor momento, pues, para empezar a atacar esta bestia parda, que el año en que comienzan a desarrollarse los tentáculos de la trama... Y en esta fase no se notan, al menos espero que no demasiado, pero aquí da comienzo Ouroboros, no quepa duda, en una estación de autobuses, en la cabeza de un hombre que acaba de perderse a sí mismo...

Aus der Welt - 0




  Y creo que lo mejor que puedo hacer ahora mismo es gritar, gritar alto y largo tiempo. Pero no lo hago. Deseo cerrar los ojos, alzar los brazos al cielo y con ellos un alarido que exprese algo que no consigo concretar. Pero no puedo hacerlo. Me cuesta respirar, al menos durante un par de inspiraciones, lentas, tan lentas y dolorosas, pero suspiro y con el frío de esta noche avanzando por mis vísceras, sintiendo sus cuchillos de mármol hiriendo mis pulmones, me relajo. Me viene a la mente un sinfín de adjetivos, ninguno significa ya nada para mí; una larga hilera de rostros se aparecen ante mí, no me dicen nada. Siento alrededor el peso de una infinidad de personas que jamás conoceré, de una tecnología que no comprenderé ni dominaré, lenguas que no entenderé, estrellas que no alcanzaré. Pero ya no me importa porque ya nada me importa.
  Ha desaparecido el alivio. Ha desaparecido y con él también el recuerdo del dolor. Había algo, sí, que me dolía, puedo afirmarlo, pero no confirmarlo. Pero sigo relajado, vacío como la más vacía de las carcasas. Veo a mi alrededor un centenar de personas andando, parando, bebiendo, corriendo, cargando enormes mochilas y pesados abrigos. Eso, al fin, me hace recobrar cierta paz. Una voz retumba por toda la cavernosa estancia, una voz que no es natural pero tampoco totalmente artificial que le recuerda a la mórbida masa de gente sus obligaciones y deseos; un autobús viene, un autobús se va, un autobús está próximo a marchar.
  Manos extendidas sobre una mesa fría, ligera, cubierta de migas de pan y sobres de azúcar vacíos. Y, sí, son mis manos y entre ellas hay un vaso lleno de algo de café solo ya frío. Me rodean más mesas de colores pastel, más personas apresuradas o aburridas que tratan siempre de cubrir el mayor número de mesas para no tener que coincidir y más vasos de café y más sobres vacíos y más avisos de esa misma voz omnipresente.
  El impulso me llega tarde, apenas medio segundo tarde, pero cuando la palma de mi mano alcanza mis labios, ya he proferido el más desgarrador aullido de desesperación que crea haber oído jamás. Pero no puedo asegurarlo, por supuesto, porque acabo de despertar de algo, en algún lugar, ocupando un cuerpo que reconozco y me es ajeno porque, en definitiva, comprendo que algo me ha arrancado la memoria y se la ha llevado muy lejos. Con la violencia del gesto, he arrastrado el café, que empapa toda mi chaqueta. Las pobres almas que inundan la cafetería suponen que he gritado al caérseme el vaso encima. Actúo como si así fuera y de la manera más torpe y veloz que me puedo permitir recojo todos los hatos y objetos que alguien ha apoyado en las sillas de mi mesa y huyo del lugar. En mi huida oigo varios papeles escaparse de mi control, los dejo atrás y continúo, continúo mi camino a cualquier otra parte.